Saturday, November 12, 2011

Vendedor de dólares

Por Andrés F. Guevara B.

Me disponía a asistir a mi acostumbrada misa dominical, cuando en los pasillos que conducen a la capilla escuché a una teenager de identidad desconocida decirle a una de sus amigas: “Es que él es vendedor de dólares, ¿sabes?”. Mi olfato de viejo sabueso inmediatamente permitió adivinar que detrás de aquellas palabras la damisela se refería a la persona que le gustaba.


Pero mi análisis fue un poco más allá. Esa niña había descrito la existencia de un oficio hasta entonces para mí desconocido: el de vendedor de dólares. Y, adicionalmente, nuestra teenager le había dado a ese oficio un toque de sensualidad y aventura que difícilmente pudiera tener cualquier labor relacionada con una moneda. Al referirse al “vendedor de dólares”, la doncella dejaba entrever una actividad riesgosa, intrépida. El James Bond del mundo financiero.

Todo ello me llevó a pensar que difícilmente exista otro país en el mundo en el que vender dólares sea sinónimo de peligros y espionaje al tesón de la guerra fría. Pero así es Venezuela. Impredecible. Porque, ¿cómo explicar que el libre intercambio de divisas es considerado un delito en nuestra nación?

Nada de aguerrido debiera tener una actividad tan sencilla como la compra-venta de dólares. Existe un comprador, un vendedor, un objeto sujeto al libre intercambio. Visto con esa crudeza y simplicidad, difícilmente una adolescente verá en un operador cambiario la figura del rebelde aguerrido que despierte mariposas en su estómago.

Más allá de criticar el show off que conlleva mi reflexión (el mismo show off que hizo pensar a unos cuantos ingenuos que bastaba estudiar Administración o Business y trabajar en una casa de bolsa para convertirse en los sucesores de Gordon Gekko) conviene advertir cuál es nuestro nivel de degradación financiera.

Mientras algunos lograron aprovechar en su beneficio la ola que produjo el control de cambios, no deja de ser menos verídico el hecho de que Venezuela poco tiene que ofrecer en cuanto a servicios y productos financieros se refiere. Porque el mercado de capitales es mucho más que permutar títulos en el mercado secundario, aunque ya ni siquiera esta actividad se puede hacer libremente en Venezuela.

En esta encrucijada, sin duda, la política y las regulaciones financieras han jugado un papel importante. Sin embargo, no solo a estos factores se les puede culpar de nuestros retrocesos. La comunidad financiera también tiene su cuota de responsabilidad en esta desidia.

Tomemos, por ejemplo, el ámbito académico. ¿Cuántas escuelas de Derecho o Economía incluyen en sus programas de estudio materias relativas al mundo financiero, la banca y el mercado de capitales? ¿Se les otorgan a los estudiantes las herramientas necesarias para ingresar a esta disciplina? No. Las escuelas universitarias se limitan a dar algunos cursillos básicos de derecho mercantil o principios bursátiles esenciales.

Si un joven hoy en Venezuela deseara ser banquero la gente se le reirá en la cara. No solo porque el oficio del banquero está desacreditado en el país (“ladrones”, “especuladores”), sino porque simplemente no se cuentan con los instrumentos esenciales para modificar la estructura bancaria en el foro criollo. Se trata de algo mucho más complejo que poseer el capital necesario para constituir una institución financiera.

Y mientras estas sean las ideas imperantes, serán los mediocres quienes conduzcan el mundo financiero. Porque al igual que sucede en la política, las finanzas requieren preparación, estudio y conocimiento. No se trata de una labor sujeta a la improvisación, la vanidad y la fantasía.

Nuestra mentalidad financiera, sin embargo, sigue limitándose al sueño de amor de una quinceañera. Tal vez ella, en medio de su juventud, puede estar exenta de responsabilidad, entre sueños y colores. Pero no nosotros, aquellos que día a día trabajamos en este mundo y sabemos las nefastas consecuencias de lo que observamos.