A menudo he escuchado de los detractores de Ludwig von Mises decir que este economista era un intolerante. Casualmente me encuentro leyendo un paper titulado "La escuela austríaca de economía" de Juan Carlos Cachanosky en el que se cita un extracto del propio von Mises que, a mi juicio, deja entrever todo menos una persona intolerante. Esta es la recomendación que von Mises le hacía a sus alumnos:
Banking and Finance, Capital Markerts, Politics, History and Law / Banca y Finanzas, Mercado de Capitales, Historia y Derecho.
Wednesday, October 12, 2011
Sunday, October 02, 2011
La gordilinda y el beso de amor: relato del Caracas Rock 2011
Decía Einstein (y con razón) que la estupidez humana es infinita. No se equivocó el físico. Yo soy muestra fiel de aquella consigna. Correría el Caracas Rock por cuarta vez y pensaba que nada nuevo podría pasar. Me equivoqué. Siempre hay espacio para aventuras impensables.
Me levanté a las 5:30 a.m. para desayunar. La carrera comenzaba a las 7:00 a.m. así que me daría tiempo de comer algún bocadillo y cereal. La noche anterior comí pasta, así que tenía buena cantidad de glucógeno en el organismo (hasta yo mismo me creo mi lenguaje técnico).
Cerca de las 6:15 a.m. salí de la casa. Troté a un paso muy suave los tres kilómetros que separan mi hogar de la línea de salida en Las Mercedes. Por el Cafetal no pasaba nadie. Ni siquiera las viejitas dominicales que van a misa muy temprano. Y fue cerca de una iglesia protestante que los designios del Señor me hicieron recordar que no me había puesto el chip en los zapatos.
“**** de la madre”, medité para mis adentros. Si me devolvía no llegaba a la carrera a tiempo. Así que decidí correr sin chip. Vale acotar que el “chip” no es una mascota ni el nombre de un tostoncito de cantina colegial. El chip mide los tiempos que el competidor hace en la carrera y es una forma de controlar el rendimiento del corredor (y para saber nuestras virtudes y desgracias en el mundo de la velocidad). Digo esto porque en cuestión de tiempos y aproximaciones de carrera, deberán creerme de buena fe todo lo que les diga.
Llegamos al Paseo Las Mercedes. Mezcla de ladrillo con una especie de esplendor ochentoso que brillaba cual permanente de miss o mujer ejecutiva de la época. Dejé a un lado el momento dorado del refinanciamiento de la deuda externa y ante mí se apareció una legión de camisas verde manzana. No se trataba de un mitin de Copei porque tantas lycras y metrosexualidad no se hubiesen permitido en una reunión socialcristiana.
No pude correr más por la gente y me detuve. Cual africano en busca de agua potable frente a una taguara de la ONU fui pasando por varios puntos de control para llegar a la salida. Una vez que pasé a los señores VIP con colita de caballo me aglomeré con el resto de los corredores. Me sentía como una oveja en medio del rebaño buscando a un pastor. Tal vez como perro enjaulado en medio de una perrera de camisitas verdes manzanas.
“Qué feliz se hubiese sentido en este momento el creador del helado de manzanita”, pensé. Hasta una carrera hicieron en honor a su color. Lo cierto del caso es que nunca pude llegar al espacio (“corral”) en el que estaba aspectado que iría a correr (conservadoramente pensé que haría la carrera entre 50 y 55 minutos).
Así que me quedé atrás. Con las doñas fitness y las mamás meciendo coches. Tardé más de 10 minutos en comenzar a correr luego de la partida inicial. Disfruté mucho que el inicio fuese cerca de las canchas de golf del Valle Arriba. Aunque nunca he jugado golf (recuerden amigos que su cronista no es más que un humilde obrero de cuello blanco, pero obrero al fin) estar cerca de ese alfombrado que solo he disfrutado en juegos de Nintendo me dio como un impulso inicial: “Tupi, algún día estarás en el green”. Y aunque no sé qué significa el “green”, todos los golfistas hablan de eso. Y como la humanidad se ha encargado de simplificar sus conocimientos repitiendo lo que escucha pues yo sigo su ejemplo. En Roma, sigue lo que hacen los romanos.
Estaba claro que no iba a disminuir el paso a menos de 6Km/h en esas condiciones. Así que sin chip y sin espacio me dediqué a correr la carrera con el compromiso de culminarla y no escuchar más estupideces de las permitidas en una sesión de barajas.
Usé mis fuerzas para esquivar los codos de las gruesas señoras que pululaban a mi alrededor como actor de televisión desempleado montando comedias en teatro. El Caracas Rock es una escuela de diversidad. Te encuentras de todo: corredores metrosexuales, atletas de élite, familias, personas con discapacidad, celebridades, políticos. El censo pudiera hacerse en la carrera y hubiese arrojado mejores resultados que la planificación de los empadronadores.
Alrededor del kilómetro 3, después de pasar el falso plano de la autopista de Prados del Este pude mejorar un poco el paso. Pero ya era muy tarde para hacer buenos tiempos. Mi carrera era un tango de risas y nostalgias. Ni los medias rojas habían sufrido una maldición tan seria como la mía con los Caracas Rock.
Como en el conteo de Don Omar fui registrando los kilómetros. El kilómetro 7 de la carrera era el 10k de mi overall y sentí un poco el desgaste. Agradezco enormemente los arcos de regadera que colocaron durante el recorrido. Me sentí como un turista deshidratado en un parque de Orlando. Hasta la cachucha me quité de la emoción. Saludé a los muchachos de los campamentos y a los de hidratación.
Durante el recorrido pasé cerca de mi hotel oficina: el Tamanaco. Solo pensé qué sabrosa estaría la piscina en esos momentos. Más adelante, entre el kilómetro 7 y 8 llegué al Eurobuilding y no quise imaginarme cuánto me costaría invitar a alguien a comer japonés en la hospedería de alcurnia en Chuao.
Cerca de la sede del Club Puerto Azul una escuela de Samba bailaba todo menos rock. Las típicas promotoras gogodancers animaban el camino y de repente me sentí como un motorizado en el “Papá Carrillo” aupando a las Panteras de Miranda.
Pasamos la avenida Río de Janeiro y entramos de nuevo en la principal de Las Mercedes. La gente nos motivaba en la llegada, las cámaras nos tomaban fotos y videos. Me sentí como Lady Gaga en su escándalo sexual número 650.000. Pisamos la alfombra… sin chip.
En la meta estaba Unai Amenábar quien decía: “Aquí están los que tienen el paso en 1:10 (una hora diez minutos)”. El reloj de carrera marcaba 1:18 y mi Garmin señalaba 1:02. Así que juzgue usted, querido lector, qué tiempo creer conveniente para esta aventura. Detuve el crono con un recorrido total de 13.120 Km. (trece kilómetros con siento veinte metros).
Los gendarmes VIP con colita de caballo al estilo de traficante de los noventa se encargaron de que las personas que corrieron sin estar inscritas no se colearan a la zona de recibimiento en la que nos dieron agua, cambur y bebidas energéticas. Lo que más me gustó fue la visera blanca de Toddy light. Por un momento hasta me sentí profesional.
Recibí mi kit y mi infaltable medalla. En vez de huesos me dedicaré a coleccionar estas preseas, cual cantante tropical de Puerto Rico.
No hallaba momento para irme del bululú. Los tupis no fuimos diseñados para el gentío. Mucho menos si huele a puro gel y músculo sudado. Caminé como el escocés andante por la avenida principal. El Tolón aún no habría sus puertas y recordé un concierto al que no pude ir el viernes anterior, que era el día de mi cumpleaños.
Llegué al Centro de Salud Salvador Allende. A cincuenta metros de la entrada se encontraba un grupo de guías de un conocido day camp con nombre asiático dándole apoyo a los rezagados. Sin aviso una guía comenzó a hacerme unas señas. Parecía un mánager de tercera base tocándose toda la cara. “¿Qué le pasa a esta gordilinda?”, pensé. No entendía nada. Otro guía tuvo que explicarme: “Quiere que le des un beso”.
Ni tonto ni perezoso me dispuse a complacer la petición y fue así como le di un besito a la gordilinda en… (se los dejo a su imaginación).
Culminada mi tarea romántica seguí caminando a casa. Una señora en bicicleta me preguntó cuánto tiempo hice y le conté mi historia. “Mejor así, mijo. Si haces menos te destruyes”. “Ni que fuera Terminator”, murmuré. La señora siguió de largo por la avenida. También yo me despedí del Caracas Rock por este año, pensando en el maratón de la CAF y mentalizándome para el entrenamiento que me espera.
Cada carrera tiene una historia distinta y cada corredor una manera de contarla.
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