Trampa Aurífera
Por Andrés F. Guevara B.
El oro es símbolo de lujo, estirpe y poder. Y, salvo que seamos mineros o joyeros de las esquinas perdidas del centro de la ciudad, nuestro contacto con el metal precioso es limitado. Una medalla de bautizo, un hombre aguerrido que a destiempo busca emular la dentadura de Pedro Navaja.En Venezuela, el oro cobró auge en los últimos días por dos razones fundamentales: primero, el anuncio del gobierno de que moverá las reservas internacionales; segundo, la declaración presidencial en la que se proclama la nacionalización de la exploración y explotación del oro criollo.Por la magnitud de lo que implican las reservas internacionales, valga decir, la última línea de defensa con la que cuenta un Estado para cumplir sus compromisos financieros con el mundo, el tema ha sido ampliamente desarrollado. Por su parte, la nacionalización del oro, una nacionalización más para el listado, pasó por debajo del tapete.
Precisamente por el bajo perfil que ha tenido la nacionalización del oro conviene revisar con detenimiento el tema, porque como reza el viejo dicho “el diablo está en los detalles”.
La nacionalización del oro se presenta como una solución para combatir las mafias y el contrabando desarrollados en el sureste venezolano. Egregias intenciones. Pero, ¿realmente tendrá sentido y coherencia la “nacionalización” del oro para semejantes cometidos?
Dejando a un lado nuestra historia constitucional –muy rica e ilustrativa en relación con el modo en que el Estado venezolano ha tratado el tema de las riquezas minerales y el subsuelo en general– en la actualidad la explotación del oro nacional es una actividad fuertemente regulada y controlada por el Banco Central de Venezuela (BCV) y el Ministerio del Poder Popular para las Industrias Básicas y Minería (Mibam).
Veamos. Según la Ley de Minas de 1999 la explotación ilegal de minerales se sancionará hasta con multa de 200 Unidades Tributarias. Adicionalmente, la Resolución del BCV No. 10-07-01 en su artículo 1 establece textualmente: “Las personas naturales o jurídicas, autorizadas por la autoridad nacional competente para comercializar oro y sus aleaciones, en barras, fundido, amonedado, manufacturado o en cualquier otra forma, deberán ofrecer obligatoriamente en venta al Banco Central de Venezuela al menos el cincuenta por ciento (50%) del total de su producción aurífera”. El 50 % restante de la producción, señala el artículo, podrá exportarse previa autorización del BCV. En caso de no ser exportado deberá ofrecerse en venta en su totalidad al BCV.
Hemos citado dos regulaciones vigentes de un largo listado de normas relativas al oro en Venezuela. De ellas se desprenden algunas conclusiones importantes: (i) para explorar, explotar y comerciar oro en Venezuela se requiere autorización del gobierno; (ii) no existe una venta libre de oro en Venezuela. Es obligatoria la venta del oro al BCV; (iii) de incumplirse estas disposiciones existen sanciones que deben ser aplicadas.Expuesto este marco regulatorio nos preguntamos nuevamente: ¿No serán suficientes estas normas para combatir las mafias y el contrabando que se apoderan de la producción aurífera venezolana? ¿De dónde vendrá la falla? ¿De las regulaciones existentes o de la falta de voluntad política para imponer las sanciones a quienes cometen los ilícitos?
Pareciera que la omnipresencia del gobierno en la producción aurífera lejos está de ayudar al desarrollo próspero y lícito de la industria. La corrupción y la ineficiencia, males consabidos de la administración actual, no escapan del esquema planteado.
El problema, sin embargo, no es solo de mafias y contrabando. La pobreza imperante en las zonas aledañas a las áreas de producción aurífera es notoria. Estos espacios, además, están plagados de prostitución, narcotráfico, tráfico de personas.
Creemos que si las autoridades centraran sus esfuerzos en controlar y sancionar las irregularidades en vez de buscar controlar todo el proceso productivo, otros serían los resultados. Venezuela, sin lugar a dudas, es un país con un potencial inmenso en cuanto a materia mineral se refiere. La industria del oro y la explotación de otros minerales pueden fungir como puntal para la imperativa diversificación que requiere nuestra economía.
Viene a nuestra mente una famosa frase de Tácito: “El oro y las riquezas son las causas principales de la guerra”. ¿Podrá su libre comercio garantizarnos la paz?
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Artículo originalmente publicado en la revista Guayoyo en Letras: http://www.guayoyoenletras.net/?p=14481