Monday, November 15, 2010

Lula nueva

Amigos:

Los invito a leer mi último artículo publicado en la revista Guayoyo en Letras. En esta ocasión, trato el tema de las recientes elecciones presidenciales en Brasil. 

Próximamente colocaremos el texto en Venezuelan Compass.

Lula nueva

Sunday, November 14, 2010

Crónicas del servicio comunistario (II)

La libertad se pierde de forma gradual. Nunca se extingue de un día a otro. Contaré cómo perdí la mía sirviendo a la comunidad.
 
Estábamos reunidos en una sala del tamaño de un pesebre ministerial. En una esquina de la mesa, junto con mis compañeros, recibía lo que pomposamente denominaron Curso de Inducción al Servicio Comunistario, valga decir, la institucionalización del estatismo disfrazada con una semántica difusa y un lenguaje de altura.

A los profesionales les encanta academizar su miseria. El Parque Social Manuel Aguirre no podía evitar caer en este juego de sumisión. Para muchos de mis amigos era la primera vez que cruzaban la pasarela que separa la Ucab del parque social. Otros, no sin cierta ironía, confesaban que esta era la primera vez que transitaban por el puente desde la época dorada de las protestas estudiantiles. "Era el mejor lugar para tomar fotos", afirmaban sin estupor.

En cuanto a mí, veterano de la partida, el parque social era un viejo amigo al que no visitaba desde hacía mucho. Cuando estudiaba Comunicación Social -si es que alguna vez estudié para obtener esa licenciatura- me vi forzado a realizar un trabajo de "comunicación corporativa" -sí, otro eufemismo más en menos de tres párrafos- para aprobar una materia.

En aquellos tiempos iba todas las semanas al parque social acompañado de chicas lindas. Entrevistábamos a las autoridades, a los usuarios, desarrollábamos el contenido y finalmente publicamos nuestra revista. Un humilde esfuerzo que hoy luce lejano. Pero fue lo suficientemente útil para conocer al parque social.

Por supuesto, en aquella época no existía el servicio comunistario obligatorio. Quienes servían, lo hacían porque querían. Punto. Incluso así, con la visión izquierdosa característica de la católica, el semillero del voluntariado con complejo de culpa estuvo siempre latente.

Estas eran las memorias que cruzaban mi mente mientras esperaba a mi profesora de servicio comunistario. Una gotera acompañaba las palmeras que veía desde mi salón ministerial. Un retrato de San Ignacio de Loyola y unos libros de Derecho de Familia -cuando no- terminaban de congraciar la escena. Si tan sólo hubiese algún librito del lucrativo arbitraje comercial. Debo confesar que tenía un libro de Hayek pero no lo saqué por temor a represalias comunistarias desde el primer día. Friedrich lo entendería.

Apenas tuve oportunidad, pregunté si había algún modo de evitar la realización del servicio comunistario. Un estudiante emprendedor de la noche me había comentado que como yo era profesional -periodista o comunicador social, según dice el título- podía eximirme del servicio comunistario. Vana afirmación. Me ilusioné como niño gallo del San Ignacio frente a una princesa de la Academia Merici. Como en el amor de colegio -y también de la vida adulta-, hay cosas que lamentablemente no se dan ni se darán nunca.

Leí la Ley del Servicio Comunistario y el Reglamento interno de la Ucab para servicio comunistario. ¡Viva la ley! Hasta para esto creamos actos administrativos de efectos generales. Salvo que estuviese embarazado, no podía dejar de servir a mi comunidad.

Sellada por siempre mi ilusión de libertad, la primera lección vino cual sopa en plena infancia. "Nuestro servicio comunistario es gratuito. Sí, tienen que hacer énfasis en que es gratuito", nos dijo la profesora. Acostumbrado a tratar con socialdemócratas día y noche, no titubeé. Pero he aquí el primer error intelectual, de jerarquía constitucional de paso, con el que me topé en mis jornadas de aprendizaje comunistario.

No existe tal cosa como la gratuidad de la justicia, del mismo modo que no existe vida sin agua en la Tierra. No hay almuerzos gratis, reza el aforismo atribuido a Milton Friedman -autoría que él después negó. Lo que sí existe es la asunción de costos por parte de los pánfilos pequeños burgueses aspirantes a la licenciatura de abogacía. Cosa muy distinta.

Porque alguien tendrá que imprimir, redactar y consignar los recaudos necesarios para la ejecución de los actos jurídicos de los interesados. Pero la obligación de hacer tiene unos costos que siempre, siempre, alguien asumirá.

Al igual que la pasta requiere de salsa, la arepa de relleno y el matrimonio de coito para consumarse, la lección comunistaria necesitaba un aderezo para tener sentido. El segundo punto fue aún más claro que el primero: nosotros no teníamos "clientes" sino "usuarios". A estas alturas ya le debía como siete rosarios a la Virgen de Guadalupe por los insultos mentales que había proferido. Con el tercer eufemismo de la jornada, seguro, ya podía considerarme un apóstata.

Dentro de un mundo socialista tenía sentido el nuevo giro semántico. La palabra "cliente" implicaba una relación comercial, de lucro, fea, odiosa, estipulada con base en el intercambio de dinero. Si íbamos a jugar a que la justicia fuese gratuita, al menos juguemos como buenos comunistas con palabras progresistas: "usuario". La persona accede al servicio y no se le cobra nada... aparentemente.

Desde luego, esta es una cuestión muy discutible. Lo que más me llamó la atención es que nadie refutó ni se inquietó por esta aparente minuciosidad semántica. Recordé a Confucio, quien en cierta ocasión señaló que cuando las palabras pierden su significado, la libertad se desvanece con ellas.

Había que rescatar la genealogía de las ideas, como diría Lord Acton. Pero de esta tarea egregia solo pudiera encargarme una vez que finalizara los informes necesarios para aprobar el servicio comunistario. Tal vez el asunto más tedioso de toda la aventura. Algo equivalente a recoger los platos después de una fiesta.

Como buenos vendedores de resorts, los encargados del servicio comunistario te venden un emporio y después te encomiendan un calvario. No basta con las cuatro horas de servicio in situ. Los problemas vienen después, cuando los pequeños burgueses tienen que realizar los documentos en otro espacio de su vida y, adicionalmente, presentar un informe evaluado sobre las virtudes y defectos de una carta de soltería.

¿A quién le facturamos el tiempo invertido? No lo duden, a los caprichos discrecionales del Estado.

Terminó la sesión introductoria. No habían pasado ni tres horas y ya tenía una resma de hojas: reglas para hacer informe, hoja de control de usuarios n° 1, hoja de caso de usuario, hojita chiquita para comunicación con usuario -una especie de tarjetica business card para contactar al interesado.

La vida tiene ironías. Muchas. Antes de irnos, nos dijeron que teníamos que esforzarnos al máximo -incrementar nuestra competitividad- porque había otras universidades que también estaban buscando realizar el servicio comunistario en el mismo lugar.

¡Demonios! ¿Es decir, que existe un mercado de usuarios del servicio comunistario? ¿Libre competencia de la caridad? No sabía cómo llamarlo, lo cierto es que allí estaban de nuevo la libertad y el libre mercado haciendo de las suyas. Incluso en el servicio comunistario.

Esa fue la última vez que fui al parque social. Desde entonces, el servicio lo realizamos en nuestro mítico lugar que no puede ser nombrado. Preparado, me aguardaban nuevos retos que pronto contaré.

Hay que reír para no llorar.

(Continuará)

Thursday, November 11, 2010

Crónicas del servicio comunistario (I)

La libertad se pierde de forma gradual. Nunca se extingue de un día a otro. Contaré cómo perdí la mía sirviendo a la comunidad.

El miércoles 10 de noviembre iniciamos nuestra segunda sesión de servicio comunistario. La primera vez nos fuimos en Metro. Sí, toda una odisea para un pequeño burgués como yo. Máximo cuando el subterráneo creado en el apogeo del estatismo socialcristiano terminó de derrumbarse por el colectivismo imperante.

Dejé mis carpetas en el carro. Aprendí que un viaje hacia lo desconocido requiere manos libres. Así, las hojas no se caen, los papelitos no vuelan y puedes esquivar a la gente en la calle.

Crucé los arbustos cercanos a la rampa para discapacitados –otra obra políticamente correcta ucabista. Frente al Módulo 6 me encontré con Javier y Andrés, compañeros infatigables de esta aventura. Alessandra no iría. Según dicen, estaba intoxicada.

Acordamos irnos en el carro de Javier. Había que variar, como quien toma una hamburguesa de pollo porque se cansó del cuarto de libra. Llegamos al automóvil y esperamos a Keyla. Estábamos mal estacionados. No pasaron ni treinta segundos cuando un guardia (socialdemócrata presumo) nos regañaba. ¿Qué hacíamos ahí, atravesados?

No sabíamos qué responder. Justo cuando íbamos a inventar una excusa –casi siempre las excusas son inventos de poca calaña– apareció Keyla, cual manantial en medio del desierto, para salvarnos del apuro.

Las ID’s de la Ucab funcionaron y pudimos salir del campus. Cual caravana desbocada de bachiller recién graduado, seguimos el carro azul de Keyla por los bosques y parajes de Montalbán. Javier manejaba, Andrés estaba de copiloto y yo, haciendo el papel de infante, me senté atrás. Tenía puesto el cinturón de seguridad.

Montalbán es hermoso. El asfalto cubierto de forma primitiva permite disfrutar las vibraciones desde el asiento de cuero. Pude observar cómo los obreros de las construcciones aledañas se dedicaban a pintar fachadas porque en este país ya no se consiguen cabillas.

Cruzando la bomba de gasolina con nombre llanero, el tráfico nos dio la bienvenida. El colectivismo no podía dejar de estar invitado a la reunión: unos macheteros de algún programa subsidiado por el gobierno intentaban cortar la maleza próxima a la autopista. Me hicieron recordar a los trabajadores de Dumbo montando la carpa del circo en medio de noches y tormentas.

La hilera de trabajadores colorados se combinaba con máquinas, troncos caídos y algún letrero del Estado recordándonos que era la planificación central y no el individuo la responsable del maravilloso espectáculo del monte segado.

Llegamos al desvío de San Agustín acompañados del son de las emisoras comunitarias. Doblamos cerca de la comisaría de la policía. El pueblo presente. Burgueses locos, cómo se nos ocurre entrar al territorio liberado. Francamente, no lo sé. Lo cierto es que entramos por un callejón lleno de talleres, perros y calendarios porno para pasar por un puente cuyo nombre desconozco.

A cien metros encontramos una imagen de Bolívar negroide. Parecía un mono. Desde entonces lo llamé el Bolívar de Planet of the Apes. Este retrato confirmó mis presunciones de tergiversación de la historia patria. Con el Libertador de la pardocracia Caracas se transformó en un pueblo de la costa. Adiós a las imponentes Torres de Parque Central. Bienvenidas las calles con comercios diminutos y aceras estrechas.

Vuelta tras vuelta nos acercamos al sitio donde presto servicio comunistario. No puedo revelar la ubicación exacta por razones obvias. El trabajo “voluntario” es obligatorio y evaluado. Además, el derecho a la privacidad de los usuarios es sacro. Y ellos, al final del día, son víctimas del estatismo que nos conduce día a día a la servidumbre.

Estacionamos el carro en un centro comercial cercano. Civilización y capitalismo, Dios gracias, no estaban tan lejos. Un McDonalds, un Wendys, comercio, intercambio de bienes mediante cooperación voluntaria de los individuos. En fin, pequeño amago de mercado. Altamente controlado, pero mercado al fin.

Llegamos a la emblemática plaza. Tan simbólica como la estatua ecuestre de Simón Bolívar era la marcha de los trabajadores que en el imperio de la igualdad revolucionaria luchaban por reivindicaciones sociales.

Militares y policías resguardaban la zona. Observé cómo una señora se vomitaba encima y los granitos de arroz se le anidaban en el pantalón. Una versión criolla de la canción Unpretty del mítico grupo TLC.

Subí a mi destino, resignado a ser un siervo que trabajaría en nombre de la presunta gratuidad de la justicia. Una carta de soltería y un divorcio me harían el día más complicado que la definición de libertad para un profesor de derecho administrativo.

(Continuará)

Monday, November 08, 2010

Los derogadores

Los derogadores

Por Andrés F. Guevara B.

Los partidarios del socialismo bolivariano sostienen que la llegada de la oposición al Parlamento constituye una amenaza al proceso revolucionario. Afirman los hinchas de Lenin que los oposicionistas se encargarán de destruir todas las leyes hechas por y para el pueblo. Adiós revolución.

Frente a este argumento, la oposición promete rescatar la democracia y la libertad. Nada menciona sobre las leyes revolucionarias. En su lugar, señala que hay que mantener la continuidad de los presuntos éxitos del gobierno socialista. Valga decir, la prolongación de las Misiones y los programas sociales.

Sea por mediocridad intelectual, sea por fines electoreros, quienes izan la bandera de la libertad al asumir sus funciones parlamentarias no pueden soslayar un axioma fundamental: es inexorable derogar el ordenamiento jurídico revolucionario para que renazca el Estado de Derecho en Venezuela.

Ningún país será libre ni democrático si sus leyes conculcan derechos fundamentales. Como dijo Frédéric Bastiat, "personalidad, libertad, propiedad: he ahí el hombre". Fuera de toda sutileza demagógica, señala el autor francés, estos tres valores "son anteriores y superiores a cualquier legislación humana".

Los venezolanos, a quienes pretenden acostumbrar a vivir como esclavos, olvidan que sus libertades anteceden a la ley. Cada vez que un Parlamentario, sea cual sea su partido, pasa por alto este principio, se transforma en cómplice de la servidumbre de sus conciudadanos.

La reestructuración del ordenamiento jurídico es una tarea compleja. Las restricciones a la libertad se hallan en la misma Constitución de 1999, norma ilegítima desde sus propios orígenes. No puede olvidarse que la Constitución nació de la superposición de la "soberanía popular" en detrimento del principio de supremacía constitucional de la norma fundamental de 1961.

Si el principal instrumento jurídico del país constituye un atentado a las libertades individuales, ¿qué puede esperarse del resto del ordenamiento? Se pierde de vista el catálogo de normas contrarias al Estado de Derecho. Desde el Código Penal, pasando por diversas decisiones de los tribunales, hasta la Ley Contra los Ilícitos Cambiarios. Todas estas regulaciones violentan la dignidad del hombre.

Preocupa observar la fe ciega en la Ley. Es comprensible que los socialistas adoren las leyes. De hecho, el socialismo invoca la Ley como centro de su poder. ¿Cómo negar la norma, si ésta se transforma en instrumento de sus planes?

Quienes pregonan la libertad, en cambio, deben observar la ley con cautela. Sancionar más leyes no conducirá a la eliminación de la pobreza, la erradicación de la inseguridad, la obtención de puestos de trabajo. No es la hiperinflación legislativa el garante del desarrollo.

Dada la situación actual de Venezuela, la tarea de los legisladores pro libertate se resume en dos acciones: i) desarrollar un gobierno limitado y ii) sancionar leyes cuyo único cometido sea derogar el sistema normativo comunista.

Legislar en nombre de la libertad pero promover leyes socialistas no sólo constituye un error intelectual. Es una ofensa a la larga tradición del pensamiento liberal cuyo cometido principal es la defensa del hombre frente a la sumisión, opresión y expoliación de los gobernantes.

Semejante conducta, a su vez, deja entrever un problema de mayor profundidad: existen muchos enemigos de la libertad dentro de los actores políticos que adversan a la revolución bolivariana. Personas que, formadas con vetustas ideas izquierdistas, se oponen a un hombre mas no a los lineamientos, principios e ideas del sistema propuestos por aquél.

La tradición socialdemócrata, estatista, reguladora, descreída del poder del individuo condujo a los derroteros del totalitarismo. Emular los vicios del pasado sólo servirá para crear las condiciones en las que germine un nuevo caldo de cultivo revolucionario.

Si más de sesenta años de estatismo no han servido para demostrar las implicaciones que tiene la Ley, poco se ha avanzado a pesar de las victorias populares. Se advierte el canto de las sirenas de otros planificadores dispuestos a estafar al pueblo.

Creemos en la cultura liberal, en el Estado de Derecho y en los valores propuestos por el liberalismo clásico. No nos avergüenza decirlo. Y, como buenos liberales, nos atenemos al siguiente aforismo: "Lo que da más seguridad para que sean respetadas las leyes, es que sean respetables".
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Nota: este artículo se publicó originalmente en el diario El Universal el 25 de octubre de 2010.