La libertad se pierde de forma gradual. Nunca se extingue de un día a otro. Contaré cómo perdí la mía sirviendo a la comunidad.
Estábamos reunidos en una sala del tamaño de un pesebre ministerial. En una esquina de la mesa, junto con mis compañeros, recibía lo que pomposamente denominaron Curso de Inducción al Servicio Comunistario, valga decir, la institucionalización del estatismo disfrazada con una semántica difusa y un lenguaje de altura.
A los profesionales les encanta academizar su miseria. El Parque Social Manuel Aguirre no podía evitar caer en este juego de sumisión. Para muchos de mis amigos era la primera vez que cruzaban la pasarela que separa la Ucab del parque social. Otros, no sin cierta ironía, confesaban que esta era la primera vez que transitaban por el puente desde la época dorada de las protestas estudiantiles. "Era el mejor lugar para tomar fotos", afirmaban sin estupor.
En cuanto a mí, veterano de la partida, el parque social era un viejo amigo al que no visitaba desde hacía mucho. Cuando estudiaba Comunicación Social -si es que alguna vez estudié para obtener esa licenciatura- me vi forzado a realizar un trabajo de "comunicación corporativa" -sí, otro eufemismo más en menos de tres párrafos- para aprobar una materia.
En aquellos tiempos iba todas las semanas al parque social acompañado de chicas lindas. Entrevistábamos a las autoridades, a los usuarios, desarrollábamos el contenido y finalmente publicamos nuestra revista. Un humilde esfuerzo que hoy luce lejano. Pero fue lo suficientemente útil para conocer al parque social.
Por supuesto, en aquella época no existía el servicio comunistario obligatorio. Quienes servían, lo hacían porque querían. Punto. Incluso así, con la visión izquierdosa característica de la católica, el semillero del voluntariado con complejo de culpa estuvo siempre latente.
Estas eran las memorias que cruzaban mi mente mientras esperaba a mi profesora de servicio comunistario. Una gotera acompañaba las palmeras que veía desde mi salón ministerial. Un retrato de San Ignacio de Loyola y unos libros de Derecho de Familia -cuando no- terminaban de congraciar la escena. Si tan sólo hubiese algún librito del lucrativo arbitraje comercial. Debo confesar que tenía un libro de Hayek pero no lo saqué por temor a represalias comunistarias desde el primer día. Friedrich lo entendería.
Apenas tuve oportunidad, pregunté si había algún modo de evitar la realización del servicio comunistario. Un estudiante emprendedor de la noche me había comentado que como yo era profesional -periodista o comunicador social, según dice el título- podía eximirme del servicio comunistario. Vana afirmación. Me ilusioné como niño gallo del San Ignacio frente a una princesa de la Academia Merici. Como en el amor de colegio -y también de la vida adulta-, hay cosas que lamentablemente no se dan ni se darán nunca.
Leí la Ley del Servicio Comunistario y el Reglamento interno de la Ucab para servicio comunistario. ¡Viva la ley! Hasta para esto creamos actos administrativos de efectos generales. Salvo que estuviese embarazado, no podía dejar de servir a mi comunidad.
Sellada por siempre mi ilusión de libertad, la primera lección vino cual sopa en plena infancia. "Nuestro servicio comunistario es gratuito. Sí, tienen que hacer énfasis en que es gratuito", nos dijo la profesora. Acostumbrado a tratar con socialdemócratas día y noche, no titubeé. Pero he aquí el primer error intelectual, de jerarquía constitucional de paso, con el que me topé en mis jornadas de aprendizaje comunistario.
No existe tal cosa como la gratuidad de la justicia, del mismo modo que no existe vida sin agua en la Tierra. No hay almuerzos gratis, reza el aforismo atribuido a Milton Friedman -autoría que él después negó. Lo que sí existe es la asunción de costos por parte de los pánfilos pequeños burgueses aspirantes a la licenciatura de abogacía. Cosa muy distinta.
Porque alguien tendrá que imprimir, redactar y consignar los recaudos necesarios para la ejecución de los actos jurídicos de los interesados. Pero la obligación de hacer tiene unos costos que siempre, siempre, alguien asumirá.
Al igual que la pasta requiere de salsa, la arepa de relleno y el matrimonio de coito para consumarse, la lección comunistaria necesitaba un aderezo para tener sentido. El segundo punto fue aún más claro que el primero: nosotros no teníamos "clientes" sino "usuarios". A estas alturas ya le debía como siete rosarios a la Virgen de Guadalupe por los insultos mentales que había proferido. Con el tercer eufemismo de la jornada, seguro, ya podía considerarme un apóstata.
Dentro de un mundo socialista tenía sentido el nuevo giro semántico. La palabra "cliente" implicaba una relación comercial, de lucro, fea, odiosa, estipulada con base en el intercambio de dinero. Si íbamos a jugar a que la justicia fuese gratuita, al menos juguemos como buenos comunistas con palabras progresistas: "usuario". La persona accede al servicio y no se le cobra nada... aparentemente.
Desde luego, esta es una cuestión muy discutible. Lo que más me llamó la atención es que nadie refutó ni se inquietó por esta aparente minuciosidad semántica. Recordé a Confucio, quien en cierta ocasión señaló que cuando las palabras pierden su significado, la libertad se desvanece con ellas.
Había que rescatar la genealogía de las ideas, como diría Lord Acton. Pero de esta tarea egregia solo pudiera encargarme una vez que finalizara los informes necesarios para aprobar el servicio comunistario. Tal vez el asunto más tedioso de toda la aventura. Algo equivalente a recoger los platos después de una fiesta.
Como buenos vendedores de resorts, los encargados del servicio comunistario te venden un emporio y después te encomiendan un calvario. No basta con las cuatro horas de servicio in situ. Los problemas vienen después, cuando los pequeños burgueses tienen que realizar los documentos en otro espacio de su vida y, adicionalmente, presentar un informe evaluado sobre las virtudes y defectos de una carta de soltería.
¿A quién le facturamos el tiempo invertido? No lo duden, a los caprichos discrecionales del Estado.
Terminó la sesión introductoria. No habían pasado ni tres horas y ya tenía una resma de hojas: reglas para hacer informe, hoja de control de usuarios n° 1, hoja de caso de usuario, hojita chiquita para comunicación con usuario -una especie de tarjetica business card para contactar al interesado.
La vida tiene ironías. Muchas. Antes de irnos, nos dijeron que teníamos que esforzarnos al máximo -incrementar nuestra competitividad- porque había otras universidades que también estaban buscando realizar el servicio comunistario en el mismo lugar.
¡Demonios! ¿Es decir, que existe un mercado de usuarios del servicio comunistario? ¿Libre competencia de la caridad? No sabía cómo llamarlo, lo cierto es que allí estaban de nuevo la libertad y el libre mercado haciendo de las suyas. Incluso en el servicio comunistario.
Esa fue la última vez que fui al parque social. Desde entonces, el servicio lo realizamos en nuestro mítico lugar que no puede ser nombrado. Preparado, me aguardaban nuevos retos que pronto contaré.
Hay que reír para no llorar.
(Continuará)