Nos lo merecemos
“Quienes son capaces de renunciar a la libertad esencial a cambio de una pequeña seguridad transitoria, no son merecedores ni de la libertad ni de la seguridad”.
Benjamin Franklin
Por Andrés F. Guevara B.
Parto de una triste premisa: los venezolanos no nos merecemos la libertad. Y es que en un pseudo-Estado como lo es la Venezuela creada por el socialismo bolivariano, poco o nada se ha hecho por defender el sacro valor libertario del cual hago mención.
Existen acérrimos críticos del socialismo bolivariano. Corrijo. Existen acérrimos críticos del Presidente de la República. Personas que día y noche lo critican. Que si el presidente es un ignorante, un parlanchín, un don regalón continental.
Sorprendentemente, ese señor, tan mentado y criticado, se ha superpuesto a las mentes más lúcidas de la intelectualidad venezolana. Ningún análisis ha logrado explicar cómo el “ignorante” lleva más de una década en el poder.
El problema, a nuestro juicio, yace en el hecho de que se critica al hombre pero no al sistema. El chavezcentrismo de la opinión pública ha dejado a un lado la columna vertebral de la crisis: la evidencia histórica que demuestra que el socialismo, en cualquiera de sus vertientes, condenará al fracaso y la miseria a los pueblos que lo adopten como sistema de gobierno.
El chavezcentrismo obedece a una dura realidad. En la actualidad, la mayoría de las fuerzas políticas venezolanas son socialistas. Durante más de sesenta años, tanto los partidos políticos como el electorado han adoptado como sustrato de sus gobiernos ideas de la socialdemocracia, el socialcristianismo y, de data más reciente, el comunismo.
Frente a esta gama de opciones, quienes pugnan por el poder no pueden renegar de sus propias ideas. Por ello claman que lo de Chávez no es socialismo, que el verdadero socialismo es lo que se observa en los países europeos, teniendo a Suecia y España como parangón del ensueño.
Existe un terrible cliché según el cual la mayoría de los intelectuales son de izquierda. La imagen del crítico del establisment que, anidado en sus conocimientos y aires de inefabilidad, aboga por un mundo más “justo”. Son estos intelectuales los que han creado la idea de que existen dos izquierdas, y que el mundo debe moverse hacia el campo de esa izquierda moderada del cual ellos forman parte.
Han sido estos intelectuales quienes han legitimado el discurso del socialismo bolivariano. Conscientes o no, cada vez que señalan que lo malo es el “plan” empleado, que debe usarse otro “plan” distinto, que el Estado debe ser el garante primordial de la salud, la educación, el derecho al trabajo, los derechos sociales y un sinfín de lugares comunes, los intelectuales del progresismo legitiman la estructura de poder bolivariana.
Si ha habido un campeón del estatismo, ese ha sido el Presidente de la República. Pero su estatismo no vino de la nada. Tiene éxito porque la población lo secunda. Cual dogma de fe, hoy parece incuestionable que el Estado “social” intervenga en áreas neurálgicas de la vida del individuo.
Una sutileza semántica. Pero detrás del discurso de los intelectuales se esconden los enemigos de la libertad.
Es lamentable que sea en los círculos profesionales, académicos y culturales en los que estas ideas tienen mayor profusión. Tras la preparación de estos hombres educados, se esconde la fatal arrogancia (Hayek) de creer que gracias a su intervención la nación será salvada de su destino aciago. Pareciera que a mayor grado de cultura, mayor es el grado de creencia en un gran gobierno dentro de la intelectualidad venezolana.
Si después de sesenta años de estatismo las personas más preparadas de Venezuela siguen pensando que el intervencionismo es la solución, ¿qué esperanza queda?
Dentro de la “élite” venezolana, casi ninguna. Sus privilegios, obtenidos como consecuencia de su cercanía al Estado, difícilmente harán que se separen de su concepción estatista. Ligarán a los dioses que sucumba la revolución bolivariana para erguirse sobre sus escombros como otra dirigencia planificadora. En el interludio, mientras se pueda, a sobrevivir como colaboracionistas.
El único resquicio de luz tal vez resida en los más pobres. Son ellos quienes sienten de forma descarnada el poder del Estado. Los pobres son los que sufren las consecuencias del estatismo. Si se logra asentar en los estratos más bajos la idea de libertad, del emprendimiento sobre el subsidio, de la creación sobre la distribución, de la responsabilidad sobre la dádiva, es posible que se quiebre el ideario del estamento progresista.
Se trata de una tarea compleja. Revertir un discurso instaurado por décadas y, de paso, secundado mayoritariamente por quienes tienen el poder de difundir ideas. Nos aferramos a una consigna de Bastiat: “Los planes difieren, los planificadores son todos iguales”. No seamos cómplices de tiranos soterrados.
