Sunday, April 18, 2010

La revolución semántica

La revolución semántica

Por Andrés F. Guevara B.

El socialismo es la ideología de la degradación de la condición humana. La pretensión de “liberar” al hombre empleando el poder del Estado no sólo es contradictoria. Desarrolla al máximo la soberbia del gobernante y desvanece los linderos de la falibilidad de sus decisiones.

El lenguaje no escapa a este razonamiento. De hecho, pudiera considerarse el epicentro de nuestra desgracia. Porque al ser el socialismo un sistema destructivo, con las ruinas de la sociedad se vienen abajo los cimientos de la palabra.

Fue Confucio quien aseguró que cuando las palabras pierden su significado, el pueblo pierde su libertad. No es casual que la Biblia señale expresamente un planteamiento similar: “En el principio era el Verbo (la Palabra), y el Verbo estaba ante Dios, y el Verbo era Dios”. (Juan 1, 1).

La Palabra siempre se ha asociado con la libertad. Y nuestro accionar legitima (o no) esa idea devenida de la trascendencia.

El socialismo, como ideología materialista, niega la Palabra y con ella la libertad. Esta negación no es simplemente fáctica sino que engloba el significado semántico de los vocablos. Existe una traición al lenguaje que la civilización occidental empleó para alcanzar su nivel de desarrollo y prosperidad.

“Pueblo”, “Sociedad”, “Justicia” y “Estado” son conceptos empleados pero cuyo significado se tuerce para negar la libertad. El hombre no puede ser libre si su vida depende de una igualación forzada (siempre a la miseria) en pos del colectivo, bajo la perenne amenaza de la coacción.

La degradación aterriza en el día a día. Ante la incapacidad de progreso, la jerga socialista inventa presuntos enemigos “culpables” de la desgracia y el atraso. Primero, atacó a los puntofijistas. No cuajó el calificativo. Tan olvidado está el significado de la república civil que hablar de Punto Fijo podría tornarse peligroso. En algún momento de la historia el civilismo se había sobrepuesto a la tara militar.

Cual sabueso en busca de un señuelo, la mitología socialista creó sus propios titanes que al ser vencidos terminarían en el Tártaro hecho de olvido y persecución: oligarcas, escuálidos, golpistas, burgueses, canallas, lacayos.

El discurso evoluciona y se llega a su máxima expresión: la disidencia de la revolución es considerada una enfermedad. Al mejor estilo del funcionalismo (Merton) quienes no compartan los designios del socialismo bolivariano sufren una patología, la cual conduce a que los disociados, sin más, sean calificados como “desviados”.

El estudio de medicina más elemental enseña que la enfermedad debe ser eliminada del organismo. La enfermedad es la antítesis de la vida. Nadie quiere convivir con el dolor. Quienes dirigen el gran organismo que es el Estado venezolano, aplican la misma lógica. La enfermedad debe erradicarse. Sin desviados no habrá más sufrimiento. Sólo el hombre nuevo.

Doscientos años transcurren desde que se declaró la Independencia de Venezuela. Lo que debería ser una fecha inspiradora de júbilo nacional se ha transformado en un otro campo de batalla lingüístico. La verdad oficial contra los rastros de la certidumbre perdida del “enfermo”. No se escatimarán recursos ni bayonetas para tergiversar la historia y con ella, el falseamiento de la condición humana.

El hombre nació para vivir en Libertad. Hoy, cuando el lenguaje libertario muere, se hace imprescindible recordar que la desaparición de la palabra implica la extinción de la propia vida. Se trata de una rebelión contra nuestra esencia que terminará por transformarnos en esclavos. Frente a este panorama sombrío, se hace imperativo rescatar el lenguaje de la libertad de la trampa semántica en la que está sumido.

Cada momento que pasa nos conduce más y más a la servidumbre. De allí la importancia de despertar y comprender el significado de esta lucha.

Sunday, April 11, 2010

Sociedad responsable o responsabilidad social

¿Sociedad responsable o responsabilidad social?

Por Andrés F. Guevara B.

Una de las grandes tragedias de los totalitarismos es el miedo. Se asfixia la libertad y con ella las posibilidades del disenso. El gobierno bolivariano ha tenido como norte instaurar una revolución socialista en Venezuela, y ningún socialismo real tiene vida si no hace énfasis “en lo social”. Se trata, sin más, del pisoteo del individuo en nombre del colectivo.

Más de una década de socialismo real da muestras de cómo lo social se ha apoderado de los espacios que conforman la vida en Venezuela: ministerios, bancos, programas, subsidios, proyectos, comunas, medios de comunicación han empleado la apostilla “social” para reivindicar su vocación hacia “los pobres y excluidos”.

La empresa privada no logró escapar a la muletilla y comenzó a desarrollar la denominada “responsabilidad social”. Este término, como la mayoría de los conceptos indeterminados, no tiene una definición pacífica. Sin embargo, la “responsabilidad social”, al menos desde el punto de vista práctico, se entiende como una obligación (¿moral?) que tienen las empresas de destinar parte de su capital y tiempo a la prestación de bienes y servicios a los sectores más desfavorecidos de la sociedad.

En este escenario, cabe preguntarse cuál es la razón por la que se gestó la responsabilidad social. El argumento más conocido es que las empresas no pueden estar “de espaldas” a la realidad del país. Otros señalan que las empresas no pueden estar bien, ser productivas y generar ganancias cuando la mayoría de la población es pobre.

Los argumentos expuestos conducen a equívocos y malinterpretaciones. Incluso hechas de buena fe.

Es nuestra opinión que la “responsabilidad social” surge por miedo al Estado. El empresario, temeroso de que el gobierno socialista le quite su medio de producción, se hace cómplice del discurso “social” y desarrolla políticas generadoras de pérdidas pero cónsonas con la línea argumentativa de los “pobres y excluidos”. Es la amenaza del poder coactivo del Estado la que genera la “responsabilidad social” y no la filantropía del empresario.

Lamentablemente, la responsabilidad social empresarial ha contribuido a tergiversar la concepción de lo que es una empresa: una sociedad mercantil destinada a la producción de bienes y servicios. No una fábrica de espejismos de caridad. 

El empresariado no puede estar de espaldas al país. Pero la superación de la pobreza únicamente se dará creando riqueza. Ninguna nación del mundo dejó de ser pobre gracias a la donación de guantes de béisbol, financiamiento de ligas deportivas profesionales o el suministro de cajitas felices a los barrios una vez al año.

Semejantes acciones sólo tendrán sentido si hacen más productiva a la empresa y con ello contribuyen a generar riqueza para el país. Así, la “responsabilidad social” puede ser útil como estrategia de marketing o relaciones públicas: las acciones por la comunidad pueden mejorar la percepción que tiene el colectivo de la empresa. Pero en modo alguno puede llegarse a imponer como una obligación para contribuir a la superación de la pobreza.

Es curioso que los países en los que existe la concepción según la cual el Estado es la principal fuente de la solución a los problemas tengan menores índices de caridad, donaciones y filantropía. Sucede lo contrario cuando se fomenta la responsabilidad individual y el abandono del estatismo. Derrotar la pobreza requiere mucho más que un discurso lleno de engaños.