La revolución semántica
Por Andrés F. Guevara B.
El socialismo es la ideología de la degradación de la condición humana. La pretensión de “liberar” al hombre empleando el poder del Estado no sólo es contradictoria. Desarrolla al máximo la soberbia del gobernante y desvanece los linderos de la falibilidad de sus decisiones.
El lenguaje no escapa a este razonamiento. De hecho, pudiera considerarse el epicentro de nuestra desgracia. Porque al ser el socialismo un sistema destructivo, con las ruinas de la sociedad se vienen abajo los cimientos de la palabra.
Fue Confucio quien aseguró que cuando las palabras pierden su significado, el pueblo pierde su libertad. No es casual que la Biblia señale expresamente un planteamiento similar: “En el principio era el Verbo (la Palabra), y el Verbo estaba ante Dios, y el Verbo era Dios”. (Juan 1, 1).
La Palabra siempre se ha asociado con la libertad. Y nuestro accionar legitima (o no) esa idea devenida de la trascendencia.
El socialismo, como ideología materialista, niega la Palabra y con ella la libertad. Esta negación no es simplemente fáctica sino que engloba el significado semántico de los vocablos. Existe una traición al lenguaje que la civilización occidental empleó para alcanzar su nivel de desarrollo y prosperidad.
“Pueblo”, “Sociedad”, “Justicia” y “Estado” son conceptos empleados pero cuyo significado se tuerce para negar la libertad. El hombre no puede ser libre si su vida depende de una igualación forzada (siempre a la miseria) en pos del colectivo, bajo la perenne amenaza de la coacción.
La degradación aterriza en el día a día. Ante la incapacidad de progreso, la jerga socialista inventa presuntos enemigos “culpables” de la desgracia y el atraso. Primero, atacó a los puntofijistas. No cuajó el calificativo. Tan olvidado está el significado de la república civil que hablar de Punto Fijo podría tornarse peligroso. En algún momento de la historia el civilismo se había sobrepuesto a la tara militar.
Cual sabueso en busca de un señuelo, la mitología socialista creó sus propios titanes que al ser vencidos terminarían en el Tártaro hecho de olvido y persecución: oligarcas, escuálidos, golpistas, burgueses, canallas, lacayos.
El discurso evoluciona y se llega a su máxima expresión: la disidencia de la revolución es considerada una enfermedad. Al mejor estilo del funcionalismo (Merton) quienes no compartan los designios del socialismo bolivariano sufren una patología, la cual conduce a que los disociados, sin más, sean calificados como “desviados”.
El estudio de medicina más elemental enseña que la enfermedad debe ser eliminada del organismo. La enfermedad es la antítesis de la vida. Nadie quiere convivir con el dolor. Quienes dirigen el gran organismo que es el Estado venezolano, aplican la misma lógica. La enfermedad debe erradicarse. Sin desviados no habrá más sufrimiento. Sólo el hombre nuevo.
Doscientos años transcurren desde que se declaró la Independencia de Venezuela. Lo que debería ser una fecha inspiradora de júbilo nacional se ha transformado en un otro campo de batalla lingüístico. La verdad oficial contra los rastros de la certidumbre perdida del “enfermo”. No se escatimarán recursos ni bayonetas para tergiversar la historia y con ella, el falseamiento de la condición humana.
El hombre nació para vivir en Libertad. Hoy, cuando el lenguaje libertario muere, se hace imprescindible recordar que la desaparición de la palabra implica la extinción de la propia vida. Se trata de una rebelión contra nuestra esencia que terminará por transformarnos en esclavos. Frente a este panorama sombrío, se hace imperativo rescatar el lenguaje de la libertad de la trampa semántica en la que está sumido.
Cada momento que pasa nos conduce más y más a la servidumbre. De allí la importancia de despertar y comprender el significado de esta lucha.