Los tres cochinitos
Por Andrés F. Guevara B.
Tres fueron los presos políticos de la semana: Álvarez Paz, Zuluaga y Azuaje. Tres fueron los días decretados como feriado: lunes, martes y miércoles Santos. Ambos tríos constituyen afrentas para Venezuela y manifestaciones deleznables para todos aquellos que creen en una nación libre, próspera y desarrollada.
Los asuetos de última hora representan la cúspide del populismo. Vieja receta cuyos ingredientes ha utilizado incansablemente el socialismo bolivariano. Con un vicio de desviación de poder, el Ejecutivo Nacional motiva su acto para “ahorrar” energía a costa de la productividad. Se promueve la flojera, la improvisación. Surge un olvido culposo que, con un guiño en el ojo, martilla al empresario. No importa, igual, “ellos pueden asumir los costos”.
Se olvidan los porqués. El fin, el telos. Lo que sucede se acepta porque sí. No hay cuestionamientos. Se asienta sin mayor interrogante.
El tema de los presos políticos requiere mayor atención. Un dirigente opositor, un empresario y un diputado sufrieron una flagrante conculcación a sus derechos. Quebranto a su defensa que repercute en toda la sociedad, puesto que estos hombres representan distintos sectores del colectivo.
La ofensa hiere a toda la sociedad porque prohíbe el derecho al disenso, al librepensamiento, a la diversidad. Sólo en sociedades libres el hombre crea, progresa, innova. Es gracias a la libertad que el hombre conquistó el cielo, alunizó y ahora divisa el espacio en busca de estrellas.
La represión se incrementa de forma proporcional a la disminución de la razón y las ideas de los gobernantes. Se está frente a la cara del socialismo real. Sistema de gobierno cuyo epicentro consiste en la quiebra moral del individuo. De sus creencias, sus convicciones.
Hoy, la facultad de pensar en Venezuela tiene un precio: la persecución. Tarde o temprano los ciudadanos se verán acorralados. Porque los hombres no son siervos y ante tantos desmanes y equivocaciones acallar la crítica será cada día más difícil.
En esta disyuntiva, en la que se corren tantos riesgos, el llamado es a recordar que cada preso político es uno mismo. El socialismo no “tolera”. Sólo compra conciencias y realiza alianzas temporales para conquistar sus propios intereses y desechar las piezas y actores que ya no son útiles.
De nada servirá mantener la cabeza gacha. Quienes pretenden conservar sus haciendas, fincas, tierras y empresas a costa del silencio y la moderación, pierden su tiempo. Su actitud pusilánime no amilanará al régimen para destruir la libertad. Al contrario, lo incentivará aún más. Fue Churchill quien definió al apaciguador como “aquel que alimenta un cocodrilo con la esperanza de que se lo coma de último”. Todos somos carnada. Seremos devorados. Con nosotros, nuestra dignidad humana, nuestro derecho a pensar.