Monday, February 15, 2010

¿Puede América Latina derrotar el subdesarrollo y la miseria?

 
A finales de enero de este año se celebró en la Universidad Francisco Marroquín de Guatemala un programa-seminario cuyo objeto es la promoción de una sociedad libre y próspera en nuestro continente. La universidad, en conjunto con el Cato Institute, ha publicado los vídeos de las diversas ponencias que se efectuaron en el seminario de este año.

Comienzo por recomendar la ponencia del destacado intelectual chileno José Piñera. Piñera es mundialmente conocido por haber reformado el sistema chileno de pensiones. En la presentación que da apertura a la sesión Cato-Francisco Marroquín 2010, el ponente aborda el tema de cómo alcanzar el desarrollo en América Latina.

Personalmente, valoro la forma en que Piñera expone los momentos claves o "los cinco puntos de inflexión" que han conducido a Chile a ser una de las naciones más libres del mundo. En Chile se dio una "revolución liberal", y esa revolución liberal trascendió la magnitud del gobierno militar de Pinochet. 

El gobierno de Pinochet pudo pasar a la historia como un gobierno militar más que "detuvo" el régimen comunista de Allende. Mas hubo una generación de economistas liberales, con una formación inédita para la época y para el continente, que evaluaron los costos de oportunidad que implicaban trabajar en el gobierno pinochetista. Ningún gobierno ni gobernante es perfecto. Por ello, no se puede dejar pasar la vida esperando la "administración idílica" para poner en práctica las ideas liberales. Surge, finalmente, una última lección: no basta con marchar u ondear una bandera. Se hace necesaria la preparación y la educación para no toparse con los mismos errores que han sumido a nuestro continente en el fracaso.

El vídeo de Piñera lo pueden ver en la siguiente dirección:
 

Sunday, February 14, 2010

Indepabis pa’ ti Indepabis pa’ mí

Indepabis pa’ ti Indepabis pa’ mí

Por Andrés F. Guevara B.

La reciente reforma de la Ley de Defensa a las Personas en el Acceso a Bienes y Servicios representa un zarpazo contra el último reducto de la libertad en Venezuela: la propiedad privada. Como bien lo expuso el maestro Hayek, sólo a través de la propiedad es que las personas pueden realmente alcanzar su libertad.

La popularmente conocida Ley de Indepabis contiene diversos aspectos desgarradores que merecen divulgarse, a saber:

Primero, tergiversación del concepto de expropiación. La expropiación tiene como fin, como sustrato teleológico, la tutela del interés general. No puede concebirse la expropiación como un castigo o una sanción. Por el contrario, la expropiación es un poder que tiene el Estado en virtud del cual el interés general se sobrepone al interés particular de forma tal que este último no se vea perjudicado.

Cuando se necesita crear una carretera, un acueducto, una estación de trenes, un aeropuerto, las casas, locales comerciales, edificios y demás propiedades de los particulares que se hallan en el lugar donde se construirán las mencionadas obras públicas deben expropiarse. Se justifica esta potestad con base en el hecho de que la carretera o la estación de trenes contribuirán al “bienestar” y desarrollo de la colectividad. Mejorarán incluso la calidad de vida del particular cuya propiedad se expropia.

Ahora bien, esta expropiación, precisamente porque está afectando un derecho fundamental como lo es el derecho de propiedad, tiene que venir acompañada de una indemnización para el individuo. El Estado tiene y debe pagar un justo precio por la propiedad que expropia. De lo contrario, la expropiación se converte en robo. La propiedad se sustraería por la fuerza.

Segundo, se desecha la noción de utilidad pública. Como se dijo, el interés general es el fundamento de la expropiación. El bien tiene que declararse de utilidad pública. Si no es de utilidad pública no puede expropiarse. Pues bien, el artículo 5 de la novísima Ley Indepabis señala que el Ejecutivo Nacional podrá iniciar expropiación de bienes sin que medie para ello declaratoria previa de utilidad pública por parte de la Asamblea Nacional.

Dicho en criollo, el Presidente de la República tiene carta blanca para expropiar lo que le venga en gana, sin previa autorización de ningún Poder Público, cuando le plazca, a cualquier hora del día. Paseando un domingo por el centro de Caracas, por ejemplo.

Tercero, se atenta contra el derecho a la defensa. No se vaya a creer que la simple declaratoria de utilidad pública basta para apropiarse del bien. En un Estado de Derecho (Rule of Law) verdadero, el particular puede acudir a los órganos jurisdiccionales y presentar sus argumentos según los cuales su bien no debe expropiarse. Con poderes públicos independientes, el Estado puede perder la batalla y el particular conservar su propiedad.

Por supuesto que esto ya es un lujo impensable en la Venezuela actual. Pero bien merece la pena recalcar que no existe una expropiación “automática” por capricho del Estado. Se antepone una racionalidad probatoria que fundamente la razón por la que los bienes, efectivamente, deben declararse de utilidad pública.

Cuarto, se le dice adiós a la seguridad jurídica. Siendo la propiedad el bastión de la libertad, puede concluirse que sólo un temerario invertirá en Venezuela. ¿Quién en su sano juicio pondría su dinero en un país en el que un señor (Comandante-Presidente) paseando por la tarde puede ordenar la expropiación de su comercio? Puesto que los robos se ejecutan de forma arbitraria y no discrecional, sin patrones definidos por la norma, la Ley de Indepabis es un llamado a la anarquía.

Quinto, se promueve la inflación regulatoria. Las leyes restringen la libertad. De allí que su creación y justificación deban realizarse con sumo cuidado y ponderación. Por las razones antes esgrimidas, concluimos que la Ley Indepabis entorpece deliberadamente la vida del comercio, de los negocios jurídicos en el país.

Más grave aún: de forma soberbia, se usa la “expropiación a la bolivariana” como una medida punitiva ante la especulación y la inflación que sufre la economía venezolana. Craso error. Primero, porque como se dijo la expropiación tiene otro fin, no sancionatorio. Segundo, porque la especulación y la inflación obedecen a las erradas políticas económicas desarrolladas en los once años de gobierno socialista bolivariano.

Parece poco serio argumentar que la inflación la generó un puñado de empresarios cuando la política monetaria del país la ejecuta de forma exclusiva y obligatoria el Poder Ejecutivo Nacional (Presidente de la República) en conjunto con el Banco Central de Venezuela (Art. 318 de la Constitución). En cuanto a la especulación, si bien esta puede presentarse como una anomalía del mercado, resulta desproporcionada e incorrecta la apropiación de los bienes y medios de producción como sanción. Toda sanción, sea administrativa o penal, debe sustentarse en un principio de proporcionalidad, el cual evidentemente se pasa de largo en la Ley Indepabis.

El llamado es a respetar el Estado de Derecho, a desarrollar regulaciones bien pensadas cuyo objeto se traduzca en el bien de la nación y no en la incertidumbre del mañana. Cuanto más se atente contra los motores productivos del país, mayor será la pobreza y el subdesarrollo. Estos problemas, y no otros, son los que deben ser atacados por la dirigencia política venezolana.

Monday, February 08, 2010

La sartén con dos mangos

La sartén con dos mangos

Andrés F. Guevara B.

No debe causar asombro el estado de descomposición en el que se encuentra Venezuela. Transcurrida más de una década de socialismo real, no produce extrañeza que la nación esté al borde del colapso. La inflación por las nubes, los servicios públicos declarados en emergencia, la incertidumbre reinante ante cada paso que da la ciudadanía.

El panorama descrito es consecuencia directa de una amarga verdad. Una administración que irrespeta las libertades económicas y políticas fracasará en el manejo de los asuntos públicos. Y es que en un país donde se tiene que mendigar el derecho a la vida, donde la protesta se supedita al mandato del gobierno y la propiedad al capricho del mandamás, en modo alguno puede divisar la perspectiva de un futuro promisorio y halagüeño.

La oposición tiene ante sí una responsabilidad histórica. O se transforma en cómplice colaboracionista de la tiranía en ciernes, o decide de una vez por todas concertar su apetito de poder en pos del interés general de la patria. Se trata de una batalla entre el establishment de la malformada dirigencia que adversa al gobierno bolivariano, frente a la súplica de un país que se ve a la deriva y no encuentra un puerto del cual asirse.

En este reino de manifestaciones tan cambiantes, donde un día se protesta y al siguiente se descansa, se hace necesario valorar el verdadero significado de nuestra lucha por la libertad. Las elecciones parlamentarias deben ser nuestro norte. El objetivo a conquistar con base en el espíritu democrático que se ha buscado inculcar en los últimos años.

La práctica política, sin embargo, también nos enseña que las decisiones deben tomarse con sensatez. La situación crítica que vive Venezuela no puede supeditarse a la ganancia o derrota de las elecciones parlamentarias. No se puede permanecer silente ante el descalabro de la nación, apostando todo el capital a los comicios de septiembre. Triunfar en las parlamentarias es vital, pero que la sociedad se sienta respaldada por sus actores políticos lo es aún más.

De nada valdrá una asamblea cuyos representantes –al igual que los de ahora– se den media vuelta ante la realidad que los abruma. Ya lo expresa la conocida frase de Hubbard: “La democracia tiene por lo menos un mérito, y es que un miembro del Parlamento no puede ser más incompetente que aquellos que le han votado”. Venezuela no es un país de mediocres.