La hipocresía haitiana
Por Andrés. F. Guevara B.
Haití está en ruinas. Cierto. Se construyen barreras compuestas de cadáveres. Irrefutable. El terremoto ha dejado miles de muertos, millones de refugiados, centenares de cuerpos mutilados. Innegable. Pero Haití siempre ha sido así, y con esta luz es que debe examinarse la ayuda humanitaria mundial que se ha producido después de la catástrofe natural.
En 1769 el vudú crea el encantamiento que concluirá con la independencia haitiana en 1804. Esta pequeña nación se transformó en bastión de libertad. Pionera en una materia que sólo seis años después se regaría a lo largo del continente americano.
La independencia de este Estado, sin embargo, estaría supeditada a una condición que marcaría la isla hasta el tiempo presente: la pobreza. Las causas de la carestía son múltiples, pero basta con señalar algunos lugares comunes: invasiones de potencias extranjeras, guerras civiles, gobiernos corruptos y desconocedores de los fundamentos de la democracia liberal.
En este contexto, el de una isla devenida en estepa, ¿cuáles serían los efectos de un terremoto a gran escala? Obviamente, la desgracia que el mundo hoy conoce. O deberíamos decir, que lleva conociendo desde el mismo momento en que Haití existe como república pero que silentemente ha buscado esquivar.
¿Cuál es la razón de la ayuda humanitaria en Haití? ¿Se alberga en las naciones y en consecuencia en sus ciudadanos un auténtico espíritu de fraternidad? O, por el contrario, ¿no es más que un lavado de conciencia ante la indiferencia frente a un país que a duras penas subsiste en la cartografía del mapamundi?
Todo ser humano que tenga corazón verá con admiración el despliegue que se ha hecho para ayudar a Haití. Sin embargo, tras las dos primeras semanas de sábanas, botellones de agua y médicos voluntarios Haití retornará al olvido y el mundo volverá sus ojos a Wall Street, medio oriente, Irán, las inversiones chinas, el petróleo ruso.
El planeta es así de cruel. Y si Haití sufre una nueva catátrofe se montará otra operación internacional para ayudar al “pobre país”. Valga decir, la cultura del “Operativo de Semana Santa” aplicada a las relaciones internacionales. Pero las cuestiones de fondo no terminan por resolverse.
Existen países en los que los desastres naturales constituyen un elemento constante de su existencia. Pero son naciones cuya estructura económica permite enfrentar el desastre sin el sentimiento de lástima de los demás, de forma tal que la ayuda se convierte en cooperación y no en un mendrugo.
Dónense cuantos enlatados y medicamentos se quiera, pero este gesto no constituye más que una actitud políticamente correcta. Muy loable desde el punto de vista ético pero ajena al plano de la realidad. Porque en el fondo nadie considera Haití un Estado. Lo que es peor aún, en su desgracia la gente ve una especie de confesionario y purgatorio para expiar sus culpas.
Es el teorema de que hay que ayudar a los países pobres. ¿Cómo ayudarlos? La receta infructuosa no ha sido otra más que el subsidio. El aporte externo carente de dinamismo y crecimiento. ¿La razón? La desconfianza frente a esos “bárbaros”.
¿Por qué es tan difícil tratar a Haití, África y a las demás regiones pobres del planeta como lugares que pueden alcanzar la prosperidad? Hasta ahora, equiparar a los países pobres como “personas especiales” no ha traído resultados alentadores. Si las “personas especiales” han demostrado que pueden incorporarse a la vida manejada por las “personas comunes”, llegando incluso a la plenitud de su desarrollo, ¿por qué no pudiera suceder los mismo en el caso de los países pobres frente a las naciones industrializadas?
Asfixiar la libertad en los países en desarrollo es negar el sentido de la libertad misma. Incluso en casos límite como el de Haití, estamos obligados a creer que este pueblo está llamado a ser rico y próspero, de forma tal que sus chozas se transformen en casas, sus carreteras de tierra en asfalto, las columnas de barro en pilotes de acero. Sólo así se podrá blindar este país caribeño frente a la desgracia.
Como la naturaleza misma del roble. Pueden venir lluvias, tormentas, huracanes. Las hojas caen con la ventisca y el otoño. Pero el tronco sigue allí. Impertérrito, de pie, ahondado en sus raíces mientras observa cómo reverdecen sus hojas para batallar contra el día a día de la vida.