Twister diplomático
Por Andrés F. Guevara B.
En la marina de un club en La Guaira los yates reposan cerca de los muelles. El bamboleo de sus cascos, ocasionado por la fuerza del mar, convierte a las embarcaciones en una legión de bailarines. La corriente dicta el paso. Algunas veces a la derecha, otras a la izquierda. Algunos momentos hacia adelante, un rato hacia atrás. Un espectáculo admirable. Máximo cuando lo acompaña una puesta de sol conjugada con la belleza del Caribe.
Al observar este regalo de naturaleza y navegación, es dable cuestionarse si todas las manifestaciones de la vida humana penden del azar. Concretamente, si un Estado puede dejar a la casualidad, al capricho de lo impredecible, sus decisiones más trascendentales. Entre estas, la política exterior.
La política exterior abarca los objetivos que persigue un país en sus relaciones con los demás miembros de la comunidad internacional, así como los medios de que se vale dicho Estado para lograr tales propósitos[1]. Conviene repasar cuáles son los aspectos más relevantes de la política exterior venezolana en los últimos cincuenta años.
Cuando Rómulo Betancourt recorrió caseríos y calles para ganar las elecciones presidenciales en 1958, a su vez asumió un papel de pedagogo ante las masas. Sin equívocos divulgó un secreto a voces: “Venezuela, como Nación y como Estado, estaba pendiendo y dependiendo en forma casi absoluta de un solo hilo: el petróleo”[2].
El combustible fósil y la preservación de la naciente democracia criolla contornaron la llamada Doctrina Betancourt, la cual podría resumirse en el establecimiento exclusivo de relaciones diplomáticas con Estados democráticos, dejando fuera del juego a los regímenes dictatoriales tan populares en Latinoamérica durante aquellos años.
La llegada al poder de Rafael Caldera marcó su propia impronta. De 1969 a 1974 se dio una “transposición al plano global de las convicciones ideológicas del ex presidente Caldera y su Canciller, Arístides Calvani”[3]. Estas creencias se fundamentaban en la justicia social internacional, la solidaridad de los pueblos y la Doctrina Social de la Iglesia.
Con el primer gobierno de Carlos Andrés Pérez la exageración y la ambición se apoderaron de la cancillería. Nublada la visión por el exceso de petrodólares, la Venezuela saudita jugó a ser grande e influyente. El país transformaría el orden internacional. Las naciones no alineadas marcarían la diferencia en un mundo sesgado por los extremos de la cortina de hierro. Nada más lejos de la realidad.
Los mandatos de Luis Herrera y Jaime Lusinchi también tuvieron sus peculiaridades, a pesar de que sus gobiernos estuvieron marcados por el trazo del bipartidismo. Herrera extendió la influencia de Venezuela en Centroamérica, específicamente en la guerra civil de El Salvador. Lusinchi, por su parte, entre fragatas colombianas y jeeps fantasmas, se vio forzado a buscar financiamiento de organismos internacionales para una Venezuela quebrada.
Hugo Chávez trajo consigo una nueva etapa de la política exterior. Etapa que, a nuestro juicio, no ha variado sustancialmente el papel de Venezuela en el mundo. Por el contrario, ha profundizado viejos vicios y reavivado antiguos temores.
La política exterior de Chávez ha tenido como fundamento argumentos esgrimidos por administraciones anteriores, a saber: solidaridad internacional, alineación de países antiimperialistas, financiamiento ingente de aliados en el extranjero.
Como si de un juego de mesa se tratara, la política exterior venezolana ha estado a la merced del gobernante de turno, quien discrecionalmente gira la flecha que guía el tablero a su mejor parecer.
Con mayor o menor grado de profesionalización del servicio exterior, con mayor o menor grado de ideologización, la diplomacia venezolana está marcada por un falso complejo de superioridad según el cual Venezuela es un país rico capaz de influir en las decisiones más trascendentales del planeta.
Venezuela debe tener como centro de su política exterior el desarrollo y la eliminación de la pobreza en su territorio. Dicha tarea implica menos fotografías, derroche y embajadas como premios. Semejantes gustos son inaceptables para los diplomáticos de un país en ruinas.
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Nota: este artículo se publicó originalmente en la revista Guayoyo en Letras el 12/09/2010
Referencias bibliográficas
[1] Ver Rojas, Armando. Los creadores de la diplomacia venezolana. Ediciones de la Presidencia de la República, Caracas, 1977, p.29
[2] Ver Betancourt, Rómulo. Venezuela, política y petróleo. Editorial Senderos, Caracas, 1969, p.943
[3] Ver Romero, Aníbal. Las miserias del populismo. Editorial Panapo, Tercera Edición, Caracas, 1996, p. 204
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