Monday, December 28, 2009

Camino de imperfección

"Dos fatalidades avillanan mi literatura: el haber tenido que contender durante un cuarto de siglo con el más soez patán, zafio autócrata aldeano, de lodosa alpargata, y el haber incurrido en ese delito de lesa majestad a que nos constriñe nuestra época: escribir en periódicos".
Rufino Blanco-Fombona

(Cita extraída de Boersner, Andrés. (2009) Rufino Blanco-Fombona entre la pluma y la espada. Fundación para la Cultura Urbana. Caracas, Venezuela, p.XVI).

Saturday, December 26, 2009

In memoriam doctor Caldera

In memoriam doctor Caldera

Por Andrés F. Guevara B.


Aún no había abierto los ojos cuando la puerta de mi cuarto sonó de improviso. Difícilmente podía escuchar las palabras que provenían del otro lado de la habitación. Los gruñidos soñolientos traicionaban mis oídos, mas la frase retumbó solemne: “Caldera se murió”.

Perdí la noción del tiempo. No recuerdo si eran las siete, las ocho, las nueve. Intenté recuperar los instantes de sueño perdidos. Tarea imposible. Las horas de cansancio del trabajo y la universidad no podían equipararse a la magnitud del vacío que recién comenzaba a reparar: se había ido la última figura señera del siglo XX venezolano.

Me dirigí a la biblioteca. Revisé algunas de las obras del recién fallecido. Las más cercanas y que siempre consulté con el rigor de un filatélico: Especificidad de la democracia cristiana y Los Causahabientes. De Carabobo a Punto Fijo. Recordé en algún momento haber hojeado también algunos trabajos de sociología venezolana y ensayos relativos a la nacionalización del petróleo. No dejé de rememorar las ocasiones en que leí las Reflexiones de Tinajero que periódicamente se publicaban en El Universal.

Enfrentado a la teoría me di cuenta de lo lejano que era para mí el pensamiento socialcristiano, del abismo que ahora me separaba de aquellas ideas. La brecha no fue suficiente para ignorar el respeto que me transmitía la figura de Caldera. Fue en un trabajo de René de Sola –que curiosamente recibí ese mismo día– donde hallaría la respuesta a ese sentir que experimentaba: “En momentos de ardientes pasiones y no obstante mi permanencia en la Federación de Estudiantes de Venezuela, nuestra vinculación amistosa no experimentó quebranto alguno. Desde entonces pude apreciar en Caldera su capacidad de sobreponer los verdaderos valores de la persona humana a circunstanciales diferencias conceptuales”.

No podía fungir la discrepancia como antinomia del tributo. Averigüé dónde se realizaría el velorio para decirle adiós a Rafael Caldera, darle mis condolencias a un viejo amigo, Rodrigo; presentar mis respetos ante un mentor, Rafael Tomás.

El Centro Internacional de Formación Arístides Calvani (IFEDEC) está ubicado al lado de la Universidad Monteávila. “Son nuestros vecinos”, me dijo el secretario de la Escuela de Derecho de la UMA cuando le pregunte dónde quedaba el lugar en el que iba a ser velado el ex presidente.

Cerca de las seis de la tarde aparqué mi carro en el estacionamiento empedrado. Me acompañaba mi madre, quien venía a dar sus condolencias a Mireya, hija del difunto y amiga entrañable de mi mamá durante su época universitaria.

Un policía del Municipio Sucre nos señaló la dirección en la que estaba ubicado el féretro. Cruzamos un arco blanco y los pisos de granito. Las escaleras a media luz trajeron a mi memoria el episodio de Eutimio Rivas, el estudiante cuya vida fue cegada en los pasillos universitarios en 1937. Ese incidente se le presentaría a Caldera como una prueba de fuego para mostrar su temple. Ahora era él, más de setenta años después, quien había fenecido. Nonagenario, pleno en experiencias y legados.

Afuera del salón convertido en capilla ardiente se encontraba una periodista de Unión Radio. Entrevistaba a José Toro Hardy, de traje gris y mocasines opacados por el polvo y la tristeza. Apenas habían transcurrido algunos minutos del comienzo de la misa. Reconocí a muchas personas dentro de los presentes: ex ministros, ex diputados, ex senadores, dirigentes del Copei de hoy y ayer.

Llegó el sermón. Conciso. Hablaba de Caldera como católico fiel a sus creencias. Las palabras de De Sola eran nuevamente propicias para la ocasión. “En oportunidad alguna ha dejado Caldera de cumplir sus deberes religiosos. Lo recuerdo hace más de cincuenta años en París, asistiendo al sacerdote en la celebración de una misa en la Iglesia de Saint Pierre de Chaillot, Avenue Marceau”.

Las reflexiones del sacerdote no colmaron mis expectativas. Quería aprehender el rostro humano de Caldera. Con sus virtudes y defectos, victorias y derrotas. Existía el riesgo de la polémica, sí, pero este era un precio que bien podía pagarse para abarcar al hombre. “’Nullum hominem a me alienum puto’; soy hombre, a ningún hombre estimo extraño”, señaló Miguel de Unamuno, para luego concluir: “El hombre de carne y hueso, el que nace, sufre y muere –sobre todo muere-, el que come y bebe y juega y duerme y piensa y quiere, el hombre que se ve y a quien se oye, el hermano, el verdadero hermano”.

Fue ese Caldera el que divisé en el horizonte. El hombre que en su grandeza se sobrepone a los reduccionismos del sobreseimiento, la crisis, la diferencia. El hombre que se consideró uno de los tres gigantes políticos venezolanos de la centuria pasada, sitial compartido con Juan Vicente Gómez y Rómulo Betancourt. El políglota que supo combinar el amor a la poesía bellista con la pasión de las bolas criollas y el dominó. El hombre que con sus negros y sus blancos devino en un claroscuro de inocultable amor hacia su país.

La misa concluyó. Me acerqué a Rodrigo. No fue sencillo aproximarse al nieto del presidente. Pero nuestra relación nada tenía que ver con la política. El colegio sirvió para nuestros primeros encuentros y nuestra amistad creció en los caminos del Ávila y los frailejones de Mérida. Había que hacer un alto, recuperar fuerzas para proseguir. Con una sonrisa sobrepuesta al dolor de la pérdida, Rodrigo vino a mí. En sus manos tenía un ejemplar del discurso de René de Sola –tantas veces nombrado en este relato– que pronunció el académico con motivo de una sesión extraordinaria para rendirle homenaje al recién fallecido.

Rodrigo sabía que valoraría el opúsculo. Que devoraría sus páginas y sacaría de ellas la sustancia necesaria para seguir conociendo al hombre. Un cálido abrazo nos despidió. No me gusta la ceremonia innecesaria. Sobraban las palabras. Nuestro encuentro había alcanzado su propósito.

Aún quedaba el acercamiento hacia el maestro. Rafael Tomás estaba a la derecha del altar. Su traje, impecable. En su porte se adivinaba la serenidad de un guerrero cuyo combate había sobrellevado largo tiempo atrás. El respeto a su figura me impidió darle un abrazo, mas estreché su mano con gran admiración por la entereza demostrada. El encuentro fue fugaz. No pude hablar con él. La cola de los deudos así lo exigía. Bastó la media sonrisa de Rafael Tomás para entender que no hacía falta mayor palabra. Ya todo estaba dicho. Luego habría tiempo para hablar. En el salón de los caballos, en el estacionamiento pedregoso de la universidad.

Mireya reconoció de inmediato a mi mamá. “¡Miss elegancia!”, musitó entre lágrimas al abrazarla. Fui presentado y ofrecí mis condolencias. Finalizado nuestro periplo, supimos que había llegado el momento de partir.

Era víspera de Nochebuena. El cielo de Boleíta se tornó cenizo. Marca indeleble de que los días van y vienen. De que la vida es finita y su culminación nos conduce a la trascendencia. Pronto celebraríamos la llegada del hijo de Dios al mundo. Señal de esperanza y de una fe que siempre retoña.

Ya dentro del carro, en uno de los callejones de Los Chorros, recordé que Mariano Picón Salas se hizo célebre por señalar que con la muerte de Gómez Venezuela había entrado en el siglo XX. Me atreví a aventurar, sin el menor atisbo de duda, que tras la muerte de Caldera se iniciaba un nuevo ciclo en la historia de nuestro país. No ya de la barbarie frente a la modernidad como en el caso gomecista, sino de reflexión y rescate de valores y principios que durante centurias permanecieron indiferentes en la historia venezolana.

Con Caldera queda el testimonio vivo y rutilante de la civilidad, la cultura y la defensa de la democracia como epicentro de una sociedad construida con el cimiento de la paz. No son estas meras palabras y argumentos conformados por la retórica. Constituyen clamores vivos de un pueblo solícito de su patria.

Cerca de Los Ruices nos detiene el semáforo de la Avenida Rómulo Gallegos. El rojo cambia a verde. Seguimos circulando. Las estrellas siguen su curso y la calle nos recuerda lecciones fundamentales: nada es eterno. Ni siquiera la gloria del poder. Cuando esta se esfuma sólo queda lo construido y lo legado como huella en la memoria. ¿Lograrían los causahabientes dejar la estela de Caldera? Tarea difícil si no se es amante de la libertad. Por lo pronto, rumbo a casa. Había que cenar. En medio del duelo llegó la Navidad.

Monday, December 21, 2009

Vientos constituyentes

Vientos constituyentes

Por Andrés F. Guevara B.

La Constitución de 1999 nació espuria. Irrespetó las bases de su progenitora, la Constitución de 1961. Socavó el Estado de Derecho y conformó el falso andamiaje de un Estado Social que sólo ha traído consigo el atraso y la miseria.

En este contexto de fracasos, se escucha el rumor de una constituyente. La creación de una nueva Constitución, cuyo objeto será el afianzamiento final del socialismo como eje rector de la vida nacional.

La historia de Venezuela es profusa en cuanto al número de constituciones que se han desarrollado en su territorio. Nos acercamos ya a la treintena de normas fundamentales. La mayoría de ellas conducentes al descalabro y la perdición.

No hace falta ser un gran jurista para comprender la razón por la que las constituciones venezolanas han devenido en la negación de un país próspero y libre. Es la ausencia del consenso, la inexistencia de un acuerdo inclusivo de todos los sectores de la sociedad, lo que conduce a lo efímero y afecta el espíritu de perdurabilidad que debe tener todo texto constitucional.

Cuando la Constitución pierde su significado normativo y se transforma en una declaración de propósitos personalistas, se dilapida su fin y se avizora el presagio de un conflicto en el cual las víctimas son los ciudadanos ansiosos de respuestas concretas a sus miserias humanas.

Saturday, December 12, 2009

Reflexiones decembrinas

Reflexiones decembrinas

Por Andrés F. Guevara B.

Tengo pendiente redactar algunas reflexiones que consideré pertinentes en vista del vigésimo aniversario de la caída del muro de Berlín. Y es más que evidente que por razones de tiempo no he podido sentarme a escribir siquiera una cuartilla. Ahora entiendo por qué mis compañeros de los años superiores me advirtieron que cuarto año de derecho –en la sección “A”- era realmente absorbente. Es el precio que se paga en busca de la excelencia.

Pero dejémonos de excusas. Si bien en estos momentos corre el destiempo en cuanto a la pertinencia de un escrito relativo al muro berlinés, el ambiant que ser percibe en Venezuela en este diciembre de 2009 conjuga el delirio, la apatía y el retroceso de forma tal que nadie puede escurrir el bulto y decir que no está pasando nada.

No se trata ya de azuzar la nostalgia porque este año no se colocó el San Nicolás gigante en la fachada del CCCT que colinda con la autopista del este caraqueño. Tampoco preguntarnos por qué a mediados de diciembre no se percibe el espíritu navideño en las calles, remontándonos a situaciones parecidas a las de diciembre 2002, con la diferencia de que en aquella época existía una huelga y hoy el país, según sus gobernantes, se halla pujante y unido hacia la igualdad.

Existe un plan diabólico. Es más que evidente que el gobierno bolivariano es anticatólico. Pero el sentido de lo diabólico en este caso trasciende a una religión y se sitúa en el plano de una ética universal, de valores absolutos. Sólo así se entiende que acto seguido a la conclusión de la reunión de los estudiantes con los delegados de la OEA, se anuncia la muerte de un compañero en el estado Táchira, y el fallecimiento de un estudiante saliendo de un estadio de béisbol.

No son acciones aisladas que deben estudiarse al son de la estadística. La respuesta de los estudiantes tampoco. Más allá de que critiquemos las trancas de las universidades –sobre todo por en aspecto teleológico- entendemos que tiene que existir una respuesta. El eco de la población ante tanta locura.

La crisis bancaria es el corolario de este coctel explosivo. Nadie entiende cómo no ha habido corridas ni estallidos mayores en medio de todas estas “intervenciones” a estos bancos bastardos. Y bien bastardos que son porque su origen nada tiene de legítimo. Nuestra percepción, en este caso, es que toda la crisis bancaria no lo es tal. Se trata de un acto provocado por el gobierno con el objeto de realizar una falsa purga. O tal vez sea un pase de factura por cuestiones internas dentro de la revolución. Todo menos la lucha contra la corrupción y la búsqueda de la probidad financiera. En este gobierno se presume la mala fe y la buena fe debe ser probada, justo al revés de lo que indica nuestro Código Civil.

Tenemos pues la decadencia navideña, la situación estudiantil y la provocada intervención de los bancos. Tres puntos que quiero dejar sobre el tapete. Tres cosas que recordaremos como características de uno de los cierres de año más tristes que ha tenido Venezuela. ¿Serán las cosas distintas el año que viene? ¿Algún día? Mientras impere el socialismo evidentemente no.