Aún no había abierto los ojos cuando la puerta de mi cuarto sonó de improviso. Difícilmente podía escuchar las palabras que provenían del otro lado de la habitación. Los gruñidos soñolientos traicionaban mis oídos, mas la frase retumbó solemne: “Caldera se murió”.
Perdí la noción del tiempo. No recuerdo si eran las siete, las ocho, las nueve. Intenté recuperar los instantes de sueño perdidos. Tarea imposible. Las horas de cansancio del trabajo y la universidad no podían equipararse a la magnitud del vacío que recién comenzaba a reparar: se había ido la última figura señera del siglo XX venezolano.
Me dirigí a la biblioteca. Revisé algunas de las obras del recién fallecido. Las más cercanas y que siempre consulté con el rigor de un filatélico:
Especificidad de la democracia cristiana y
Los Causahabientes. De Carabobo a Punto Fijo. Recordé en algún momento haber hojeado también algunos trabajos de sociología venezolana y ensayos relativos a la nacionalización del petróleo. No dejé de rememorar las ocasiones en que leí las
Reflexiones de Tinajero que periódicamente se publicaban en
El Universal.
Enfrentado a la teoría me di cuenta de lo lejano que era para mí el pensamiento socialcristiano, del abismo que ahora me separaba de aquellas ideas. La brecha no fue suficiente para ignorar el respeto que me transmitía la figura de Caldera. Fue en un trabajo de René de Sola –que curiosamente recibí ese mismo día– donde hallaría la respuesta a ese sentir que experimentaba: “En momentos de ardientes pasiones y no obstante mi permanencia en la
Federación de Estudiantes de Venezuela, nuestra vinculación amistosa no experimentó quebranto alguno. Desde entonces pude apreciar en Caldera su capacidad de sobreponer los verdaderos valores de la persona humana a circunstanciales diferencias conceptuales”.
No podía fungir la discrepancia como antinomia del tributo. Averigüé dónde se realizaría el velorio para decirle adiós a Rafael Caldera, darle mis condolencias a un viejo amigo, Rodrigo; presentar mis respetos ante un mentor, Rafael Tomás.
El Centro Internacional de Formación Arístides Calvani (IFEDEC) está ubicado al lado de la Universidad Monteávila. “Son nuestros vecinos”, me dijo el secretario de la Escuela de Derecho de la UMA cuando le pregunte dónde quedaba el lugar en el que iba a ser velado el ex presidente.
Cerca de las seis de la tarde aparqué mi carro en el estacionamiento empedrado. Me acompañaba mi madre, quien venía a dar sus condolencias a Mireya, hija del difunto y amiga entrañable de mi mamá durante su época universitaria.
Un policía del Municipio Sucre nos señaló la dirección en la que estaba ubicado el féretro. Cruzamos un arco blanco y los pisos de granito. Las escaleras a media luz trajeron a mi memoria el episodio de Eutimio Rivas, el estudiante cuya vida fue cegada en los pasillos universitarios en 1937. Ese incidente se le presentaría a Caldera como una prueba de fuego para mostrar su temple. Ahora era él, más de setenta años después, quien había fenecido. Nonagenario, pleno en experiencias y legados.

Afuera del salón convertido en capilla ardiente se encontraba una periodista de
Unión Radio. Entrevistaba a José Toro Hardy, de traje gris y mocasines opacados por el polvo y la tristeza. Apenas habían transcurrido algunos minutos del comienzo de la misa. Reconocí a muchas personas dentro de los presentes: ex ministros, ex diputados, ex senadores, dirigentes del Copei de hoy y ayer.
Llegó el sermón. Conciso. Hablaba de Caldera como católico fiel a sus creencias. Las palabras de De Sola eran nuevamente propicias para la ocasión. “En oportunidad alguna ha dejado Caldera de cumplir sus deberes religiosos. Lo recuerdo hace más de cincuenta años en París, asistiendo al sacerdote en la celebración de una misa en la Iglesia de Saint Pierre de Chaillot, Avenue Marceau”.
Las reflexiones del sacerdote no colmaron mis expectativas. Quería aprehender el rostro humano de Caldera. Con sus virtudes y defectos, victorias y derrotas. Existía el riesgo de la polémica, sí, pero este era un precio que bien podía pagarse para abarcar al hombre. “’
Nullum hominem a me alienum puto’; soy hombre, a ningún hombre estimo extraño”, señaló Miguel de Unamuno, para luego concluir: “El hombre de carne y hueso, el que nace, sufre y muere –sobre todo muere-, el que come y bebe y juega y duerme y piensa y quiere, el hombre que se ve y a quien se oye, el hermano, el verdadero hermano”.
Fue ese Caldera el que divisé en el horizonte. El hombre que en su grandeza se sobrepone a los reduccionismos del sobreseimiento, la crisis, la diferencia. El hombre que se consideró uno de los tres gigantes políticos venezolanos de la centuria pasada, sitial compartido con Juan Vicente Gómez y Rómulo Betancourt. El políglota que supo combinar el amor a la poesía bellista con la pasión de las bolas criollas y el dominó. El hombre que con sus negros y sus blancos devino en un claroscuro de inocultable amor hacia su país.
La misa concluyó. Me acerqué a Rodrigo. No fue sencillo aproximarse al nieto del presidente. Pero nuestra relación nada tenía que ver con la política. El colegio sirvió para nuestros primeros encuentros y nuestra amistad creció en los caminos del Ávila y los frailejones de Mérida. Había que hacer un alto, recuperar fuerzas para proseguir. Con una sonrisa sobrepuesta al dolor de la pérdida, Rodrigo vino a mí. En sus manos tenía un ejemplar del discurso de René de Sola –tantas veces nombrado en este relato– que pronunció el académico con motivo de una sesión extraordinaria para rendirle homenaje al recién fallecido.
Rodrigo sabía que valoraría el opúsculo. Que devoraría sus páginas y sacaría de ellas la sustancia necesaria para seguir conociendo al hombre. Un cálido abrazo nos despidió. No me gusta la ceremonia innecesaria. Sobraban las palabras. Nuestro encuentro había alcanzado su propósito.
Aún quedaba el acercamiento hacia el maestro. Rafael Tomás estaba a la derecha del altar. Su traje, impecable. En su porte se adivinaba la serenidad de un guerrero cuyo combate había sobrellevado largo tiempo atrás. El respeto a su figura me impidió darle un abrazo, mas estreché su mano con gran admiración por la entereza demostrada. El encuentro fue fugaz. No pude hablar con él. La cola de los deudos así lo exigía. Bastó la media sonrisa de Rafael Tomás para entender que no hacía falta mayor palabra. Ya todo estaba dicho. Luego habría tiempo para hablar. En el salón de los caballos, en el estacionamiento pedregoso de la universidad.
Mireya reconoció de inmediato a mi mamá. “¡Miss elegancia!”, musitó entre lágrimas al abrazarla. Fui presentado y ofrecí mis condolencias. Finalizado nuestro periplo, supimos que había llegado el momento de partir.
Era víspera de Nochebuena. El cielo de Boleíta se tornó cenizo. Marca indeleble de que los días van y vienen. De que la vida es finita y su culminación nos conduce a la trascendencia. Pronto celebraríamos la llegada del hijo de Dios al mundo. Señal de esperanza y de una fe que siempre retoña.
Ya dentro del carro, en uno de los callejones de Los Chorros, recordé que Mariano Picón Salas se hizo célebre por señalar que con la muerte de Gómez Venezuela había entrado en el siglo XX. Me atreví a aventurar, sin el menor atisbo de duda, que tras la muerte de Caldera se iniciaba un nuevo ciclo en la historia de nuestro país. No ya de la barbarie frente a la modernidad como en el caso gomecista, sino de reflexión y rescate de valores y principios que durante centurias permanecieron indiferentes en la historia venezolana.
Con Caldera queda el testimonio vivo y rutilante de la civilidad, la cultura y la defensa de la democracia como epicentro de una sociedad construida con el cimiento de la paz. No son estas meras palabras y argumentos conformados por la retórica. Constituyen clamores vivos de un pueblo solícito de su patria.
Cerca de Los Ruices nos detiene el semáforo de la Avenida Rómulo Gallegos. El rojo cambia a verde. Seguimos circulando. Las estrellas siguen su curso y la calle nos recuerda lecciones fundamentales: nada es eterno. Ni siquiera la gloria del poder. Cuando esta se esfuma sólo queda lo construido y lo legado como huella en la memoria. ¿Lograrían los causahabientes dejar la estela de Caldera? Tarea difícil si no se es amante de la libertad. Por lo pronto, rumbo a casa. Había que cenar. En medio del duelo llegó la Navidad.