En la Venezuela de nuestros tiempos nada parece descabellado. Hace poco sostuve una discusión relacionada con la simbología de los héroes dentro de los regímenes totalitarios. Llegué a una conclusión obvia, mas no por ello deja de ser espeluznante: la figura de Bolívar se ha venido empleando a imagen y semejanza del presidente Chávez.
Bien es sabido que todos los regímenes de fuerza necesitan de un asidero heroico para sustentar su delirio. Cuba tiene como referente a Martí. La alemania nazi cifró su ensueño en las valkirias y Odín. La Venezuela revolucionaria se fundamenta en la figura del Libertador.
Cuando señalo que la figura de Bolívar se ha empleado a imagen y semejanza del presidente venezolano, no me refiero únicamente a la tergiversación del ideario político del Libertador para acoplar su pensamiento a la revolución socialista. Existe un aspecto que se ha dejado de soslayo en este análisis. Se trata de la modificación de la imagen física de Bolívar para que este se asemeje al líder de la revolución.
Si se observan con detenimiento, las pinturas de Bolívar desarrolladas durante el gobierno socialista tienden a sobresaltar rasgos negroides en la imagen del Libertador. Desconozco cuál es el perfil étinico de Bolívar. Ciertamente nuestro país es mestizo. Sin embargo, dentro de ese mestizaje, cada venezolano tiene preponderancia de algunos rasgos que definen su fenotipo. El presidente de Venezuela, como es del conocimiento público y puede corroborarse en millones de imágenes, tiene rasgos negroides: cabello, labios, rasgos faciales, tono de piel. Ya saldrán los críticos a decir que soy un racista. Pero no. Ese no es el punto. En lo que a mí respecta, poco importa el origen étnico del presidente. La tara socialista va más allá del color de piel. Lo esencial aquí estriba en determinar si el Bolívar de rasgos negroides realmente corresponde a la verdadera imagen de Bolívar -muy distinta, por cierto, de la figura que nos ofrecen los testimonios de las pinturas venezolanas del siglo XIX- o, por el contrario, estamos frente a una nueva jugarreta del gobierno para destruir la historia patria.
De Bolívar mucho se ha escrito. Pero en un gobierno caracterizado por una dependencia gigantesca en la simbología bolivariana y en la unilateralidad del mensaje socialista en los medios de comunicación, no deja de ser preocupante esta nueva estocada perversa y sutil, que se cuela silentemente en el imaginario de los más pobres, quienes, tristemente, son los que más sufren en estos gobiernos construidos con estafas. ¡Qué tristeza!