Tuesday, April 28, 2009

Superar el materialismo

Superar el materialismo

Por Andrés F. Guevara B.

Los críticos tradicionales de la causa de la libertad sostienen que los liberales modernos se caracterizan por creer que todo está determinado por la economía. Es la economía, reina y madre de nuestra sociedad, la que engendrará los peores infortunios o producirá el mayor grado de bienestar.

Quienes parten de este determinismo económico, sin embargo, simplifican la idea de libertad. La despojan de su máximo sentido y equiparan al liberalismo con el materialismo más terrible de todos: el socialismo.

Si bien es cierto que la economía es un aspecto crucial de las ideas de libertad, no deja de ser menos cierto el hecho de que defender la libertad implica asumir una postura moral ante el mundo.

Para nadie es un secreto que la sociedad venezolana se encuentra llena de valores superfluos: consumismo exacerbado, banalidad, vanidad, simplificación de la dimensión humana a tres vestidos, dos celulares, cinco rústicos y varios viajes a Miami al año.

Ese es el parámetro que rige la grandeza del hombre criollo. Lo curioso es que es dicho patrón no es producto del endemoniado capital, sino que nace, crece y se desarrolla dentro de una sociedad planificada, sujeta a una economía excesivamente regulada y la presencia casi omnipotente del Estado en todos los ámbitos..

Queda, de este modo, desmontada la idea de que la miseria espiritual que vivimos esté fundamentada a su vez en el libre mercado. De hecho, cuanto más interviene el Estado para evitar la debacle del ser humano, más se aceleran los resultados de la desgracia.

La mayor muestra de aberración se consigue en lo que el marxismo denomina “el hombre nuevo”. El Estado, con su labor de buen padre, formará seres humanos no corrompibles por las miserias del capital.

Entramos a discutir el tema del materialismo. La libertad de crear, de pensar, de sentir en modo alguno puede concebirse bajo una ideología materialista. No se trata ya de la riqueza y de lo pecuniario, sino de valores abstractos que determinan aspectos cruciales de la conducta humana.

Estos valores, además, forman parte fundamental del sustrato ético en el que se fundamenta la religión católica. ¿Qué tiene que ver el catolicismo con todo este planteamiento? Mucho. Constantemente, el cristianismo evoca el valor de la solidaridad como contraparte del individualismo que impera en la causa libertaria.

Volvemos a los orígenes. ¿Realmente esa “solidaridad forzada”, auspiciada por el Estado en nombre de valores religiosos, ha mejorado la condición de vida de las mayorías? No. Y no lo ha hecho porque todo acto que se realiza sin convicción termina por desvanecerse.

Parafraseando a Lord Acton, la lección más hermosa que nos legó el cristianismo fue la posibilidad de vivir en libertad, y sólo un hombre verdaderamente libre podrá ser solidario, porque cuando el hombre descubre su máxima potencialidad, sin coerciones ni ataduras, podrá realizar actos llenos de plenitud y sentido.

Palabras más, palabras menos, son estas ideas las que hoy pasan por mi cabeza.

Monday, April 06, 2009

Los salmones de Nemo

Los salmones de Nemo

Por Andrés F. Guevara B.

Pixar se caracteriza por desarrollar películas frescas, innovadoras, irreverentes. Sus producciones cuentan, sin embargo, con otro aspecto fundamental: sus historias siempre traen consigo una enseñanza. Moralejas para nuestras vidas, cual fábula de Esopo.

Tomemos como ejemplo una de las escenas finales de Finding Nemo. Un barco pesquero, armado de su grúa, logra coger en sus redes un grupo de salmones. El fin los peces parece inevitable. Todos caerán en manos de los pescadores. Justo en ese instante aparece el protagonista de la historia, Nemo, quien se introduce en la red gracias a su diminuto tamaño y descubre que cuando todos los peces comienzan a nadar en sentido contrario al de la grúa, esta queda obstruida y la red termina por romperse. Resultado: los salmones son libres nuevamente.

Esta imagen ha pasado una y otra vez por mi cabeza en estos días. Sobre todo porque cada vez se hace más evidente que Venezuela está aprisionada dentro de una red totalitaria, compuesta por los hilos más nefastos que en este momento entristece recordar.

La capacidad de asombro parece perdida y el miedo se apodera de cada esquina. Incluso los conspicuos generales que se encargan de “mover” los resortes de la opinión pública cada día desarrollan textos más mediocres que describen con detalle el horror de nuestra tragedia, pero en modo alguno dibujan la brújula que señala el camino para salir de este atolladero.

Desesperación. Impotencia. Agresividad colectiva. Ese es el sentir que se palpita en los corredores patrios. Todo el mundo sabe que en algún momento esta historia tendrá un final, pero nadie sabe cuándo. La vorágine –al mejor estilo del colombiano José Eustacio Rivera– se eterniza, y contradecirla, negarla, auspiciar un país distinto, se condena con la pena máxima: el desprecio y la persecución.

De allí que nadie quiera hablar, que se olfatee la autocensura y que exista la convicción inexorable que certifica que los defensores de la libertad serán silenciados. Al mejor estilo de los gorilas del sur –Videla dixit– es sólo cuestión de tiempo para que espacios como mi blog desaparezcan, se hagan desde la clandestinidad, o cobren vida en el exilio.

La imagen de los salmones luchando contra la grúa se torna crucial ante este panorama. Porque esos peces somos todos los venezolanos que diariamente sufrimos el oprobio y el pisoteo de un régimen que se burla de nuestra dignidad. Que engaña a los pobres y enriquece a los “socialistas” ricos.

Lo importante es recordar que aún y cuando esa inmensa grúa estaba dotada de gran poderío y parecía invencible pudo destruirse cuando todos los pescados se dieron cuenta de que dentro de ellos residía el poder para cambiar las cosas y obtener su libertad. Esta puede parecer una idea vaga. Incluso pudiera tildarse de idealista. Pero ante una realidad que constantemente nos llama a abandonar la esperanza, es cuando menos un deber invocar a la unidad para defender una tierra que sigue siendo nuestra.

Después de todo, detrás de esta inmensa red, sigue habiendo un océano de libertad.