Superar el materialismo
Por Andrés F. Guevara B.
Los críticos tradicionales de la causa de la libertad sostienen que los liberales modernos se caracterizan por creer que todo está determinado por la economía. Es la economía, reina y madre de nuestra sociedad, la que engendrará los peores infortunios o producirá el mayor grado de bienestar.
Quienes parten de este determinismo económico, sin embargo, simplifican la idea de libertad. La despojan de su máximo sentido y equiparan al liberalismo con el materialismo más terrible de todos: el socialismo.
Si bien es cierto que la economía es un aspecto crucial de las ideas de libertad, no deja de ser menos cierto el hecho de que defender la libertad implica asumir una postura moral ante el mundo.
Para nadie es un secreto que la sociedad venezolana se encuentra llena de valores superfluos: consumismo exacerbado, banalidad, vanidad, simplificación de la dimensión humana a tres vestidos, dos celulares, cinco rústicos y varios viajes a Miami al año.
Ese es el parámetro que rige la grandeza del hombre criollo. Lo curioso es que es dicho patrón no es producto del endemoniado capital, sino que nace, crece y se desarrolla dentro de una sociedad planificada, sujeta a una economía excesivamente regulada y la presencia casi omnipotente del Estado en todos los ámbitos..
Queda, de este modo, desmontada la idea de que la miseria espiritual que vivimos esté fundamentada a su vez en el libre mercado. De hecho, cuanto más interviene el Estado para evitar la debacle del ser humano, más se aceleran los resultados de la desgracia.
La mayor muestra de aberración se consigue en lo que el marxismo denomina “el hombre nuevo”. El Estado, con su labor de buen padre, formará seres humanos no corrompibles por las miserias del capital.
Entramos a discutir el tema del materialismo. La libertad de crear, de pensar, de sentir en modo alguno puede concebirse bajo una ideología materialista. No se trata ya de la riqueza y de lo pecuniario, sino de valores abstractos que determinan aspectos cruciales de la conducta humana.
Estos valores, además, forman parte fundamental del sustrato ético en el que se fundamenta la religión católica. ¿Qué tiene que ver el catolicismo con todo este planteamiento? Mucho. Constantemente, el cristianismo evoca el valor de la solidaridad como contraparte del individualismo que impera en la causa libertaria.
Volvemos a los orígenes. ¿Realmente esa “solidaridad forzada”, auspiciada por el Estado en nombre de valores religiosos, ha mejorado la condición de vida de las mayorías? No. Y no lo ha hecho porque todo acto que se realiza sin convicción termina por desvanecerse.
Parafraseando a Lord Acton, la lección más hermosa que nos legó el cristianismo fue la posibilidad de vivir en libertad, y sólo un hombre verdaderamente libre podrá ser solidario, porque cuando el hombre descubre su máxima potencialidad, sin coerciones ni ataduras, podrá realizar actos llenos de plenitud y sentido.
Palabras más, palabras menos, son estas ideas las que hoy pasan por mi cabeza.