Monday, March 09, 2009

Caja de sorpresas

Caja de sorpresas

Por Andrés F. Guevara B.

No alcanzan los dedos de las manos para contar los actos que realizó el presidente de la república esta semana. No obstante, sí existe una variable fundamental que entreteje las acciones de “You know who” en estos siete días: el atentado en contra de la propiedad privada.

“Esto no es Cuba”, en más de una ocasión se escuchaba decir. Con esta expresión se da a entender que Venezuela estará destruida, sí cierto, pero que jamás su estado de putrefacción será el mismo que el de la isla caribeña, puesto que el petróleo no es azúcar, y la tierra que nos bordea no es el mar lleno de tiburones que circunda a La Habana.

Hay quienes apuestan a que la debacle económica terminará con la fantasía del socialismo del siglo XXI. Que el populismo misionero se hace insostenible con estos ingresos y pare usted de contar…

Por el contrario, creo que esta es una oportunidad de oro para el gobierno bolivariano. Cuba, Zimbaue y los demás países comunistas que restan en el mundo son reinados pobres. De este modo, si la revolución venezolana realmente quiere vivir su orgasmo marxista necesita empobrecernos, y qué mejor manera que hacerlo a través de la nacionalización de lo que queda de país.

Nadie produce a pérdida. Reglas del malvado mercado liberal. En consecuencia, cuando todo esté nacionalizado, las empresas del Estado tampoco podrán producir a pérdida, y para evitarlo, racionarán y disminuirán la producción. Habrá arepas a medio dólar americano, sí, pero sólo un puñado en la existencia de las areperas. El mismo patrón de conducta se repetirá con los alimentos básicos.

Los bancos son otras instituciones a las que hay que observar con cuidado. Si el gobierno no puede comprarlos porque se quedó sin dinero buscará adueñarse de ellos a través de una vía más barata. Creará rumores, habrá “corridas”. Declarada la quiebra, el Estado protector intervendrá a puertas cerradas y el resultado no será otro que…una nacionalización indirecta.

No crea la gente que con la nacionalización se hará justicia, que se habrá dado su merecido a los “especuladores” dueños de Polar. Esta empresa tendrá décadas en Venezuela, pero el capital no está atado al nacionalismo. Si no se puede producir harina pan en mi tierra, pero se hace rentable fabricarla en Bogotá o en Río, los empresarios no esperarán la conmiseración socialista para no empacar sus maletas y montar sus industrias en lugares más propicios para invertir.

Es lógico que esta historia se dé en nuestras tierras. Nadie puede nadar si no hay agua, ni jugar al básquet sin encestar. Lo peor que se puede pensar, sin embargo, es que todas estas acciones se deben al desvarío y a las “locuras” presidenciales. No, no y no. La tramoya obedece a un guión bien montado, folklórico sin duda, pero hecho por asesores muy calificados que saben a dónde van y cuáles son los pasos para llegar hasta el objetivo.

Desde esta tribuna siempre se ha enfatizado lo vital que es la propiedad privada (productiva, “explotadora”, “egoísta”, enriquecedora y tiránicamente liberal) como valor fundamental del Estado de Derecho. Sin ella, no hay libertad que valga.

La tarea primordial es transmitir este mensaje a los sectores más desfavorecidos, porque ellos serán los más perjudicados. ¿Cómo hacerlo ante la maquinaria comunista? No lo sé, pero ahí está el reto. Comenzó el ataque de la “sociedad planificada”. Ojalá Venezuela tenga un batallón de libertad para repeler la oleada. De lo contrario, estamos perdidos.

Monday, March 02, 2009

¿Trescientos años después?

¿Trescientos años después?

Por Andrés F. Guevara B.

No se vaya a disgustar con nosotros, amigo historiador. Que lo nuestro no es una cuestión de exactitud en las fechas sino un punch line en el título para llamar la atención del lector. Porque sí, efectivamente, la historia de Venezuela no comienza en 1709, y dejando a un lado las precisiones políticojurídicas de cuándo se conformó nuestra nación, si en 1777, en 1810,1811 ó en 1830, trescientos años de historia no pueden dejarse de soslayo.

Innovar. Qué palabra tan peligrosa. En un país en el que aún se discute cuál es el modelo económico a seguir, en un país en el que aún no está clara la diferencia entre el Estado de Derecho y el Estado Democrático, luce cuando menos infeliz y poco honesto proponer soluciones “frescas” y “renovar” con remedios nuevos los problemas viejos que se suscitan en nuestra patria.

Qué duda cabe de que los males que padecemos son endémicos. De gran gravedad, por cierto. Pero las soluciones para estos problemas no pasan por sacar conejos de la copa de un sombrero, ni descubrir el agua tibia, como reza el refrán popular. A cuenta de los “cambios” se derrumbó el sistema republicano en Venezuela, vale la pena nuevamente recordar.

La solución de los problemas en Venezuela pasa por rescatar los valores políticos que nunca se han fomentado de forma sincera. Dejar a un lado la visión populista de hacer política y traer un mensaje honesto al país: no saldremos adelante sin trabajo, disciplina fiscal y la noción de un gobierno limitado que no tenga por objeto subsidiar la pobreza.

Son ideas abstractas, se me dirá. Pero es que un Estado no es más que un ente abstracto al mismo tiempo, y en su sentido etéreo, sus mecanismos de funcionamiento, su forma y organización, pasan por una declaración de principios que regirá su propia vida. Sin esa declaración de principios ninguna solución será posible, por muy bonita que luzca en el plano “emotivo” de la superación de la pobreza y blablabla.

Tomemos como ejemplo el caso de la propiedad, valor fundamental. ¿Se ha dedicado el Estado venezolano a través de su historia a fomentar la propiedad? “Sí, sí, eso está en la Constitución”, se argumentará. Pregunto entonces, ¿por qué razón los pobres no tienen derechos de propiedad sobre sus ranchos? ¿Por qué, en el mejor de los casos, lo que poseen es un título supletorio que no sirve ni para oponerse a la nevera?

Eso es un insulto para el pobre, negarle su derecho de propiedad. Pero nadie habla de eso… ¿Por conveniencia, tal vez? Si a los sectores desfavorecidos de la sociedad se les diese su derecho de propiedad como es debido, sin adornos y planificaciones de subsistencia, la igualdad del hombre ante la ley tendría mucho terreno ganado.

En un sistema de verdadera libre competencia, al margen del proteccionismo para los amigos de los dirigentes del Estado, serían las personas con iniciativa y tesón las que lograrían conformar el núcleo que desarrolla un país: la clase media.

Nuestra historia gira en contrario. La riqueza de los “trabajadores” venezolanos, dejando a un lado alguna excepción siempre loable, proviene de las siguientes fuentes, a grandes rasgos y cayendo en la generalización apresurada y por lo tanto cercana al prejuicio:

-La colonia: mantuanos de un sistema de castas cuya clase dirigente era descendiente de puros malandros y prisioneros españoles. Literalmente, estas familias se cogieron las tierras y las explotaron.
-Militares del período independentista: es decir, pura bota, que en un país de muertos se tomó la atribución de poseer lo que ya no era de nadie. La usucapión del sable, creo que es el nombre más adecuado.
-Resto del siglo XIX: el mismo cuento, pero la riqueza dependía de la cercanía que se tuviese con el caudillo de turno.
-Andinos en el poder: saqueadores sin cuartel. Estas familias, además, tuvieron, la (des)dicha de explotar la debutante riqueza petrolera, primero para sus arcas, y después para las del Estado, que al final resultaron ser la misma cosa.
-Período ¿democrático? Los adecos y copeyanos son campeones del nuevoriquismo mal habido y ellos son y serán los responsables de la miseria que vive Venezuela en el presente. Por su ceguera, su soberbia, por el desamor con el que condujeron concientemente el país hacia el desfiladero.
-Chavismo: patético, sin duda. Porque el boliburgués no sólo es corrupto, como lo han sido todos, sino que además reniega de palabra la buena vida que lleva en la práctica. Su existencia entonces se transforma en disfraz, en el que se pregona el harapo pero se viste etiqueta. No hay nada peor que el que ni siquiera es coherente consigo mismo… vida de engaño.
-Colaboracionista: lo más deleznable. Se enriquecen hablando mal del gobierno, y en medio de su discurso el país ni les importa. Han sido y serán la variable más constante dentro de nuestra historia de oportunistas.

De estas categorías ha surgido gran parte del “empresariado” venezolano. Sin duda habrá excepciones…pero la regla es otra. Si la gente que tiene dinero no ha trabajado su riqueza, ¿qué puede esperarse del resto? Sin incentivos, sin premios, sin libertad. Porque es muy loable tomar una camionetita a las cinco de la mañana para llegar al trabajo –y esa es la imagen del “trabajador” humilde que se tiene–, pero ese acto no tiene que verse como una hazaña sino como una humillación, una lucha por la supervivencia y no por la riqueza y el progreso.

De forma tal que nuestra concepción de Estado no ha variado sustancialmente a través de la historia. Los males ancestrales no se solucionarán al grito de un “Change we need” al estilo de Obama. Nuestra sociedad se halla en una fase tal de primitivismo que sólo a través de la educación, de la concienciación, es que a largo plazo podremos vivir en una nación medianamente civilizada. Es duro de escuchar, incluso incómodo. Pero al menos es mucho más realista que las presuntas panaceas que más de un prestidigitador de oficio anda pregonando quién sabe para qué…

Vida, libertad, propiedad. Lo demás es gamelote. Trescientos años, al menos, así lo demuestran en Venezuela.