Las montañas de Pompeya
Por Andrés F. Guevara B. Pedro Pompeya observaba con extraño interés el volumen de
Pastoral al día. Desde la atalaya de aluminio pasaba cada página preso de una emoción que ponía a prueba la resistencia de su virilidad. ¿Místico amor por la Virgen de Guadalupe? ¿Efectos secundarios por haber mirado el bronce de Juan Diego?
Al fondo se escuchaba la radio. Una bachata se hacía melodía: “
Eres todo lo que quiero, princesa”. En el uniforme del vigilante relucían dos “P”, acto reflejo que daba vida al nombre del guardián de la Universidad Católica Andrés Bello. “Pedro Pompeya”, etiqueta dorada, marco de plástico.
Desde la casucha sólo se distinguían montañas: níveas de Ámbar, achocolatadas de Amaranta. Pompeya las notaba, cotemplaba, las soñaba. Los demás únicamente disfrutarían de la maleza, el asfalto agrietado, las aceras de cáscaras amarillas. El sacerdote que desciende la escalera camino a su deber, el estudiante que en asamblea se autoproclama salvador de la patria.
Mientras la generación de relevo (¿Cuántas generaciones de relevo, que profesaban un futuro promisorio, había tenido la historia de Venezuela hasta la fecha?) debatía temas sublimes y trascendentales, yo, cavernícola que enciende fogatas con ramitas y fricción, me encontraba congregado en la celebración de un deber prosaico, casi ritual: asistía a clases.
El profesor Rodríguez entró en el aula. Su traje a cuadros grises y corbatita roja contrastaba con el negro del amplificador que empleaba para dictar cátedra. El salón, resignado, cayó en el mutismo más sonoro, cual convento de hermanas descalzas entregadas con devoción al rezo de la mañana.
“Guevara, venga para acá”, dijo el profesor. Me acerqué al estrado de cartón piedra. El doctor Rodríguez sacó de su maletín de cuero un manojo de llaves. “Hágame un favor: vaya a mi carro y busque dos libros”. Piso 3, Módulo 2. Allí, en algún lugar, estaría el
Mitsubishi plateado con placas de seriales guerrilleros esperándome.
Salí del salón. Subí las escaleras. En el rellano, tres mocosos obstaculizaban la vía. Los mocasines que ataviaban sus piernas (¿peludas de oso?, ¿depiladas a la usanza gay
musculoca?) se convirtieron en un campo minado difícil de sobrepasar. Amablemente, pedí permiso. No fui escuchado. Uno de los muchachos, el único que no vestía con complejo de dueño de yate, encendió un cigarrillo. Mientras soltaba la primera bocanada de humo me observó con semblante temerario, digno de rapero de la costa oeste.
El joven se dio cuenta de que estaba a punto de perder los estribos. Con voz de futuro empleado de la administración pública mandó a callar a sus amigos, y en una suerte de alegoría al colectivismo señaló: “Dejen pasar al compañero”. De casualidad compartía el espacio con aquel sujeto, pero hacía mucho que había desistido de analizar con detenimiento la riqueza y expresividad de la jerga universitaria.
Dibujé media sonrisa y con zancadas incivilizadas alcancé la planta principal. En el pasillo de pisos de granito me topé con un cartel repleto de errores ortográficos que invitaba a participar en un taller de fotografía. A su lado, una pancarta de cartulina y marcador exhortaba a defender la democracia (¿o era el Estado de Derecho?).
Crucé el corredor de concreto. ¿Dónde estaba el carro de coraza mercurio? No lo vi. Cómo hallarlo en esa multiplicidad de carrocerías. Caminé todas las hileras con forma de serpiente. Una, dos, tres veces. Ida y vuelta. Resignado, iba a retornar al salón para contarle al profesor Rodríguez el fracaso de mi expedición, cuando un grito me sorprendió:
—Alto ahí.
Asustado, como niña que ve un tuqueque encima de su
Blackberry, dejé caer las llaves al suelo.
—Un momento, amigo —repitió la voz.
Pensé que se trataba de un villano medieval escondido en el follaje de un matorral tropical. En el peor de los escenarios, sería un “
desadaptado” de alguna logia universitaria que al son de “¿Quién vive?” me dejaría pasar por su territorio.
Di media vuelta y reconocí la figura del cancerbero. Pedro Pompeya a mis órdenes y servicios. Chaqueta azul marino, con las siglas UCAB estampadas de blanco en la parte alta de la espalda. Camisa celeste, bolígrafo
Papermate (¿o
Kilométrico Plus?) en el bolsillo derecho. Panza curvilínea por los influjos de la cebada. Radio comando en la mano izquierda.
—¿Es usted profesor de esta casa de estudios? —preguntó Pompeya con aires de pesquisa.
“De esta no, pero de otras sí”, pensé con arrogancia.
—Pues no —respondí.
—Entonces, ¿qué anda buscando?
Un cornetazo interrumpió el diálogo. Un laboralista (¿Robin Hood que defiende sindicatos desamparados? ¿Hijo del diablo que sólo piensa en incrementar el capital del inescrupuloso empresario?) me increpó de forma desairada: “Muévete de ahí, no joda”. Permanecí impertérrito en el lugar, cual estatua de prócer llena de excremento de paloma en el núcleo de una plaza de pueblo.
—¿Qué está esperando? ¿Por qué no se mueve? —gritó Pompeya.
—Pero si usted me dijo que me quedara aquí —repliqué.
—Ahora le digo que se mueva.
Y en efecto, me moví. El laboralista dibujó con sus manos una seña extraña que resultaba ofensiva en culturas refinadas. No tuve tiempo de reflexionar sobre las discrepancias existentes entre el derecho al trabajo y la libertad, porque inmediatamente Pompeyita continuó con su exposición de motivos:
—Si no es profesor, ¿qué lo trae por aquí? —inquirió el guardián con el cuidado de quien coloca un cartón de huevos en la cúspide de un carrito de supermercado.
—Estoy buscando el carro del profesor Rodríguez. Un
Mitsubishi Lancer plateado de placa M-19. ¿Sabe dónde lo puedo ubicar?
—Lo siento mucho, pero tú no puedes estar aquí
mi pana —dijo el guardia, cambiando el tono y desplegando el abanico de la confianza.
—No me he explicado bien —respondí con técnica de mediador en resolución de conflictos. Necesito abrir el carro del profesor para buscar unos libros. Tenemos un taller, una actividad especial, exclusiva como un concierto de Elton John.
—Si el profesor Rodríguez quiere algo —interrumpió Pompeya— que venga él mismo a buscarlo. Que no ande mandando alumnos. Después los profesores se quejan de que aquí no hay seguridad. ¿Y quién es el responsable, ah? Uno, nosotros, nuestra compañía.
No hubo argumento posible para disuadir al gendarme de la trinchera docente. El candado incipiente que tenía por barba denotaba a su vez la estrechez mental de su pensamiento. No era de extrañar que los lentes que pavoneaba en la frente dieran fe de su ceguera.
Conciente de que había perdido veinte minutos en una discusión estéril, con el rostro apesadumbrado y las manos vacías retomé el camino hacia el salón. Hasta el llavero señorial —que jamás abrió
Mitsubishi alguno— había guardado en mis bolsillos.
Pedro Pompeya giró unas instrucciones por radio. “El sospechoso, narizón y calvito, está cruzando el módulo. Cambio”. Una mueca de satisfacción se adueñó de su rostro. Se encontraba pletórico, rebosante, con la sensación del deber cumplido. Se dirigió de nuevo a la torre de vigilancia mientras silbaba. Con enorme esfuerzo subió la escalerita de metal que rechinaba con cada uno de sus pasos.
Aun resoplaba cuando se sentó en el sillón de terminal. Cuando todo se calmó, tanto su respiración como el atentado a la seguridad vehicular, un nuevo hecho adquirió la dimensión del tipo delictivo. Busco y rebuscó pero no la encontró: el ejemplar de
Pastoral al día ya no estaba encima del escritorio. Tragedia, desgracia, conmiseración. Justo ahora, cuando llegaba a la sección de las pantaleticas calientes de Catalina. Este mes, además, tenía el especial de las
Travesuras en el Nilo, en el que Venus Shanti revelaría sus más profundos secretos.
¿Quién o qué habría sustraído aquella publicación, de la cual Pompeya se mostraba tan devoto? ¿Dónde estaría aquel portafolio, gracias al cual los jesuitas se admiraban de tener entre sus protectores a un lector de revistas con sugestivos temas ecuménicos?
¿Se lo habría llevado el viento? ¿Acaso la gélida mañana de Montalbán habría vaporizado el manuscrito? ¿Un fisgón merodeador, tentado por las mieles de la superación espiritual, habría tenido la osadía de hurtar el inmaculado número que el guardián no veía?
Pompeya, Pompeyita, estaba desconsolado. Velar por la seguridad del
campus, por el recto proceder de la institución, le había costado el sueño de sus fantasías vestales. “Nadie puede estar en dos lugares al mismo tiempo”, recordó. Ahora debía pagar el precio de su descuido: el regreso a la realidad. Montañas, carros, vigilia. Esperanzado, vislumbraba el próximo mes. En el siguiente ejemplar, la entrevista con Almendra Brown prometía mucho. No se la perdería por nada del mundo. Ni siquiera por el carro del profesor Rodríguez.