Monday, February 23, 2009

Operativo mediocridad

Operativo mediocridad

Por Andrés F. Guevara B.

Existe una actitud demencial en el colectivo venezolano que sólo puede ser explicada como consecuencia de querer huir de la realidad, esquivar los problemas, aupar esa frase que nos dice “ya veremos qué pasará después”. Esta es la única razón que permite justificar (nunca comprender) que más de trece millones de personas se hayan movilizado durante los carnavales de este año.

Tómese en cuenta la cifra: trece millones de personas. Un número que supera con creces la cantidad de votantes que tuvo la última propuesta de enmienda constitucional (no se preocupen que vendrán muchas más, porque la Constitución en Venezuela dejó de tener su estructura de solidez y perdurabilidad, para convertirse en un chicle que puede se moldea al antojo de quien detente el poder).

Por supuesto que esta cifra incluye a jóvenes, niños y mucha gente que no se halla en el padrón electoral, pero no deja de ser curioso que poco menos de la mitad del país se movilice de su sitio de residencia para disfrutar de cuatro míseros días de descanso o, en el mejor de los casos, de la “semana del amor” que se obtuvo a cambio de sepultar el republicanismo en Venezuela.

Es triste que nuestro pueblo tenga pocas miras. Y cómo no iba a tenerlas si durante décadas las clases dirigentes –incluyendo boliburgueses, cuartorrepublicanos, y andinos hijos del gomecismo– se encargaron de mantenerlas en la ignorancia para dilapidar los recursos del gran Estado.

El tema que hoy nos atañe es otro. El insulto a la dignidad del venezolano que implica la razón de ser de los carnavales.

No entiendo cómo la gente puede ser tan conformista. Cómo aceptar, sin protesta alguna, el menoscabo que implica celebrar el asueto en medio de un país pobre y gris. Hoy, millones de personas se encuentran en playas hacinadas, montañas abarrotadas, colas y pasajes sin fin. Eso es vacacionar. Sufrir el oprobio y la humillación de una autoridad incompetente que se jacta de querer evitar con sus “operativos” que los temporadistas se maten entre sí.

El mensaje es claro. Pareciera que Venezuela no está a la altura de una spring week de país civilizado y todos nos resignamos. “Qué más da, si esta vaina no tiene solución y aquí nos tocó vivir. Jodidos hasta el fondo”. Conclusión: nuestro país está lleno de indiecitos.

Qué dolor. No cabe duda que estamos viviendo uno de los períodos más oscuros de nuestra historia. Un presidente eterno, socialista de paso, acompañado de la oposición más cantinflérica, pusilánime y colaboracionista que jamás se haya podido imaginar. La pérdida de los valores en la práctica política.

Esta circunstancia no es excusa para alejarnos de la realidad. Si bien es cierto que el país no lo vamos a cambiar en una semana ni en cuatro días, en el fondo existe una especie de automatismo y conformismo ante las circunstancias. Nos encontramos en un país patético, porque el colectivo se resignó a vivir de esta manera.

Nos pisotean, nos humillan, nos quitan la libertad y nos molestamos porque se declara ley seca en medio del carnaval. ¿Qué otra cosa podía esperarse? En el fondo es triste que la gente se moleste por esta medida. Porque nadie lo enfoca como lo que es: una restricción del Estado a nuestra libre disponibilidad del alcohol. La gente se las arreglará e igualmente seguirá bebiendo y las estadísticas de accidentes y muertos, disfrazadas de eficiencia, continuarán creciendo. Porque como hoy te quitaron la cerveza te han venido despojando de derechos civiles y políticos mucho, pero mucho, más importantes. Es la naturaleza de un Estado TOTALITARIO.

Es abismal que la gente vea esta temporada como un break. “Y después seguimos”. Supongo que es una manifestación de vanidad. Si no te vas para alguna parte en carnaval eres tremendo pela bolas. Tal vez sea por esa razón, por el hecho de ser un inadaptado, que me acuerdo de que la semana pasada murió el Estado de Derecho en mi país y ahora mis conciudadanos, entre playa, arena y ron, celebran sus exequias.

Monday, February 16, 2009

El pasante de oropel

El pasante de oropel

Por Andrés F. Guevara B.

Un amigo me pide que escriba unas líneas sobre el desconcierto de ayer. “Deprimente”, fue el calificativo que empleó. Un día de desesperanza, de rostros desencajados y lágrimas lastimeras. Chávez, orondo e inmenso, finalmente logró lo único que realmente le importaba: vivir y morir en el cementerio de valores que es hoy el poder en Venezuela.

Escribo desde el caos, como cierta vez escuché decir a un anciano. Fue el mismo hombre que me enseñó que lo peor es el vértigo, porque allí nada florece y la libertad termina por marchitarse.

En este valle de preguntas sin respuesta lo más coherente es encontrar la templanza y el sosiego, porque todos nos caemos, una y otra vez, pero hay algo que no falla: la convicción –como dice Sábato– de que únicamente los valores del espíritu nos salvarán de este caos que amenaza nuestra dignidad humana.

¿Quién soy yo para opinar sobre lo acontece? Nadie. En más de una ocasión se me reprochó mi silencio, mi escepticismo, mi falta de confianza por la causa. En más de una oportunidad oí la amonestación: “¿Cómo es posible que tú, una de las personas más preparadas de tu generación, esté ajeno a todo lo que pasa?”. En el ínterin seguía con mis libros, mis conocimientos, mi búsqueda del saber. Pero la cultura no puede quedar deslindada de la realidad que nos corroe.

Hoy retomo la palabra. Rompo el silencio desde la trinchera del intelecto. Veo con dolor cómo el colectivo se sumerge en la desesperanza y el tedio, con el convencimiento inquebrantable de que habita en un país muerto y sin porvenir.

Afortunadamente, no somos dioses. Caemos y nos levantamos. Pero lo más importante es que nuestro destino no está escrito, cual tragedia griega, sino que, por el contrario, se conjuga con la voz de nuestras acciones, pensamientos y deseos más profundos.

La autobiografía de Nelson Mandela tiene un título sugestivo: Long walk to freedom. El largo camino hacia la libertad. Quién mejor que el surafricano para entender el significado de nuestra lucha y los valores que a ella atañen. Existen innumerables casos de hombres que dieron su vida por una causa y, en medio de su desprendimiento, hallaron el significado de su existencia.

Ayer se evidenció el rostro más vil del poder. El empecinamiento demoníaco por alcanzar la comunión eterna con el mandato, la regla, la autoridad. Lo más doloroso, el engaño: hombres inmersos en la ignorancia y el chantaje que tuvieron que bajar sus espaldas al son del asentimiento. Caso contrario, el castigo. Porque disentir se transformó en crimen.

En este coliseo de barbarie se da la lucha por una Venezuela posible. Nos pido el coraje necesario para comprender que frente a este espectáculo dantesco sólo queda la posibilidad del sacrificio acompañado de un largo transitar. Un camino hecho de desilusiones, amarguras y el peligro latente de la desolación, pero que al mismo tiempo abre el horizonte para un océano de esperanza.

El cambio en Venezuela comienza por el reconocimiento del otro. Nadie podrá ser realmente libre mientras exista la verdad imperturbable de hay dos Venezuelas, la de los ricos y la de los pobres. Lugares comunes. Se hace imperativo el reconocimiento del desvalido como persona humana. Dejar a un lado la instrumentalización del hombre con fines meramente proselitistas y abocarse de una vez por todas a la promoción de sus derechos fundamentales, de sus libertades civiles y políticas siempre bajo el marco de un gobierno limitado.

Semejante transformación requiere de honestidad, de asimilar sin medias tintas que el totalitarismo no podrá vencerse hasta tanto las fuerzas que lo adversen decidan desprenderse de sus miserables cuotas de poder y sus actitudes vanidosas. Que entiendan que el reconocimiento sólo deviene en mezquindad y que el colaboracionismo hacia el régimen no hace más que degradar nuestra condición humana.

En este tablero nos movemos. Incierto, y lo más importante: mutable. Los hombres encuentran en las crisis la misma fuerza para su superación. Basta de genuflexión y llantos, de reflexiones estrelladas en el pesar. La construcción de un país diferente así lo requiere. Hombres de estirpe, cuyo escudo sea la fortaleza ante la adversidad. Ese el precio que hay que soportar por blandir el estandarte de la libertad, de una Venezuela hermosa, pero sobre todo digna y al nivel de sus cuidadanos. ¿Estamos a la altura del reto? Creo que sí. Es la obligación histórica que tenemos los jóvenes con nuestro país.

Sunday, February 08, 2009

¿Está preparada Venezuela para ser libre? (I)

¿Está preparada Venezuela para ser libre? (I)

Por Andrés F. Guevara B.

Esta pregunta constituye el mayor quebradero de cabeza para todo aquel que desee un país distinto, lejano del delirio totalitario en el que hoy se sume nuestra nación.

Para dar respuesta a esta interrogante, sin embargo, se hace necesario entender qué significa esa palabra: libertad.

Desde la época de Bolívar hasta el presente la dirigencia política venezolana se ha proclamado campeona de la libertad. En nombre de la libertad se independizó una patria, se bloquearon fronteras ante acorazados extranjeros, se consagraron revoluciones de esplendoroso porvenir. En nombre de la libertad se derramó la sangre de miles de compatriotas, se sacrificaron innumerables almas, se guardaron en un armario de olvidos los talentos más conspicuos en espera de un mañana que jamás llegó a nacer.

Venezuela no es libre.

Libertad significa la posibilidad de autogobierno del hombre. Un Estado al servicio del ciudadano y no el ciudadano al servicio del Estado. Un gobierno limitado por los candados de instituciones sólidas que no permitan el menoscabo de la dignidad humana y los derechos fundamentales.

Se trata de una cuestión inherente a la naturaleza del hombre. Ningún ser humano merece las sobras y los mendrugos, máximo en un país que tiene en su mesa la abundancia para servir un banquete constituido por un recurso inagotable: el talento de su gente.

Existe, no obstante, una concepción errada de lo que significa libertad. A menudo se la asocia con el individualismo lacerante, ajeno a la sociedad y a la pobreza. Sus detractores comentan que la libertad debe limitarse en nombre del bienestar colectivo. De lo contrario, el egoísmo intrínseco de cada persona obrará en su propio beneficio y el débil, el desvalido, David de barrio contra Goliat del Country, sucumbirá inexorablemente.

Gracias a esta carrera redentora se restringe la libertad. Se gesta el Estado interventor y, peor aún, planificador. La gente se acostumbra a recibir, no a producir. Se desvaloriza la noción del trabajo porque todo viene de un maná celeste a cuenta “de que soy pobre y no tuve oportunidad”.

“Hay que redistribuir la riqueza”, argumenta de forma falaz la dirigencia política nacional. Un lavado de conciencia que perturba a cualquiera. Fariseos. ¿Qué clase de redistribución justa de la renta petrolera es un vasito de leche? “Es lo único que come ese muchacho en toda la semana”, es la respuesta más común que se obtiene como justificativo a esta política humillante.

¿Es justo que un niño tome un vaso de leche a la semana, mientras que otro vomita en las noches por el atracón de snikers que le trajo su hermana cuando regresó el fin de semana de Aruba? No, por supuesto que no. Pero la igualdad no se obtiene restringiendo, controlando, perjudicando al otro en nombre de la justicia social.

¿Qué es la justicia social? Nadie lo sabe con certeza. Se asemeja al misterio de qué viene después de la muerte. Pero en nombre de ella se comenten los mayores desmanes. A toda costa hay que igualar al hombre. ¿Cómo? Subyugando la libertad en nombre de que cada niño desasistido pueda tener su vasito de leche. Humillando a los venezolanos pobres a hacer colas de horas infinitas para obtener un pollo en el mercado del ministerio o en la campaña de algún candidato.

Porque ni siquiera el Estado tiene la decencia de procurar que sus “políticas sociales” se desarrollen con dignidad: un plato de comida completo, un automercado con aire acondicionado y anaqueles equipados, un hospital que tenga –al menos– sus puertas abiertas para atender a los moribundos.

Por ese irrespeto diario, patín tapa amarilla, se restringe nuestra libertad.

Dijo Abraham Lincoln: “Todos los hombres nacen iguales, pero es la última vez que lo son”. A este planteamiento agregamos algo más. Existe la posibilidad de lograr una paridad cierta, verdadera, mesurable: la igualdad del hombre ante la ley. Nada más y nada menos que el epicentro del Estado de Derecho. Luz de esperanza en esta tierra de tinieblas.

El Estado de Derecho como eje rector de la libertad entrará en tensión con el Estado Democrático y con el Estado Social. Surge una nueva interrogante:

¿Puede la libertad llevar al “bien común”? Valga decir, la aspiración que tiene todo país de que sus pobladores tengan una vida digna, en la que puedan desarrollar su condición humana con el mayor grado de crecimiento posible, sin menoscabo de su origen, clase social o limitaciones de cualquier índole.

El “bien común” adolece de la misma cojera que la “justicia social”. No puede ser definido de forma clara, aún y cuando trae consigo un sentimiento y una aspiración del todo loable. Sin embargo, la libertad sí puede ayudar a superar la pobreza, darle dignidad y respeto al desfavorecido y fomentar la estructura de un Estado limitado en el que el individuo tenga el control de las instituciones, con el objeto de lograr el mayor grado de bienestar y prosperidad para todos sus ciudadanos.

Este planteamiento será desarrollado en la próxima entrega.

Sunday, February 01, 2009

Las montañas de Pompeya

Las montañas de Pompeya

Por Andrés F. Guevara B.

Pedro Pompeya observaba con extraño interés el volumen de Pastoral al día. Desde la atalaya de aluminio pasaba cada página preso de una emoción que ponía a prueba la resistencia de su virilidad. ¿Místico amor por la Virgen de Guadalupe? ¿Efectos secundarios por haber mirado el bronce de Juan Diego?

Al fondo se escuchaba la radio. Una bachata se hacía melodía: “Eres todo lo que quiero, princesa”. En el uniforme del vigilante relucían dos “P”, acto reflejo que daba vida al nombre del guardián de la Universidad Católica Andrés Bello. “Pedro Pompeya”, etiqueta dorada, marco de plástico.

Desde la casucha sólo se distinguían montañas: níveas de Ámbar, achocolatadas de Amaranta. Pompeya las notaba, cotemplaba, las soñaba. Los demás únicamente disfrutarían de la maleza, el asfalto agrietado, las aceras de cáscaras amarillas. El sacerdote que desciende la escalera camino a su deber, el estudiante que en asamblea se autoproclama salvador de la patria.

Mientras la generación de relevo (¿Cuántas generaciones de relevo, que profesaban un futuro promisorio, había tenido la historia de Venezuela hasta la fecha?) debatía temas sublimes y trascendentales, yo, cavernícola que enciende fogatas con ramitas y fricción, me encontraba congregado en la celebración de un deber prosaico, casi ritual: asistía a clases.

El profesor Rodríguez entró en el aula. Su traje a cuadros grises y corbatita roja contrastaba con el negro del amplificador que empleaba para dictar cátedra. El salón, resignado, cayó en el mutismo más sonoro, cual convento de hermanas descalzas entregadas con devoción al rezo de la mañana.

“Guevara, venga para acá”, dijo el profesor. Me acerqué al estrado de cartón piedra. El doctor Rodríguez sacó de su maletín de cuero un manojo de llaves. “Hágame un favor: vaya a mi carro y busque dos libros”. Piso 3, Módulo 2. Allí, en algún lugar, estaría el Mitsubishi plateado con placas de seriales guerrilleros esperándome.

Salí del salón. Subí las escaleras. En el rellano, tres mocosos obstaculizaban la vía. Los mocasines que ataviaban sus piernas (¿peludas de oso?, ¿depiladas a la usanza gay musculoca?) se convirtieron en un campo minado difícil de sobrepasar. Amablemente, pedí permiso. No fui escuchado. Uno de los muchachos, el único que no vestía con complejo de dueño de yate, encendió un cigarrillo. Mientras soltaba la primera bocanada de humo me observó con semblante temerario, digno de rapero de la costa oeste.

El joven se dio cuenta de que estaba a punto de perder los estribos. Con voz de futuro empleado de la administración pública mandó a callar a sus amigos, y en una suerte de alegoría al colectivismo señaló: “Dejen pasar al compañero”. De casualidad compartía el espacio con aquel sujeto, pero hacía mucho que había desistido de analizar con detenimiento la riqueza y expresividad de la jerga universitaria.

Dibujé media sonrisa y con zancadas incivilizadas alcancé la planta principal. En el pasillo de pisos de granito me topé con un cartel repleto de errores ortográficos que invitaba a participar en un taller de fotografía. A su lado, una pancarta de cartulina y marcador exhortaba a defender la democracia (¿o era el Estado de Derecho?).

Crucé el corredor de concreto. ¿Dónde estaba el carro de coraza mercurio? No lo vi. Cómo hallarlo en esa multiplicidad de carrocerías. Caminé todas las hileras con forma de serpiente. Una, dos, tres veces. Ida y vuelta. Resignado, iba a retornar al salón para contarle al profesor Rodríguez el fracaso de mi expedición, cuando un grito me sorprendió:

—Alto ahí.
Asustado, como niña que ve un tuqueque encima de su Blackberry, dejé caer las llaves al suelo.
—Un momento, amigo —repitió la voz.

Pensé que se trataba de un villano medieval escondido en el follaje de un matorral tropical. En el peor de los escenarios, sería un “desadaptado” de alguna logia universitaria que al son de “¿Quién vive?” me dejaría pasar por su territorio.

Di media vuelta y reconocí la figura del cancerbero. Pedro Pompeya a mis órdenes y servicios. Chaqueta azul marino, con las siglas UCAB estampadas de blanco en la parte alta de la espalda. Camisa celeste, bolígrafo Papermate (¿o Kilométrico Plus?) en el bolsillo derecho. Panza curvilínea por los influjos de la cebada. Radio comando en la mano izquierda.

—¿Es usted profesor de esta casa de estudios? —preguntó Pompeya con aires de pesquisa.
“De esta no, pero de otras sí”, pensé con arrogancia.
—Pues no —respondí.
—Entonces, ¿qué anda buscando?

Un cornetazo interrumpió el diálogo. Un laboralista (¿Robin Hood que defiende sindicatos desamparados? ¿Hijo del diablo que sólo piensa en incrementar el capital del inescrupuloso empresario?) me increpó de forma desairada: “Muévete de ahí, no joda”. Permanecí impertérrito en el lugar, cual estatua de prócer llena de excremento de paloma en el núcleo de una plaza de pueblo.

—¿Qué está esperando? ¿Por qué no se mueve? —gritó Pompeya.
—Pero si usted me dijo que me quedara aquí —repliqué.
—Ahora le digo que se mueva.

Y en efecto, me moví. El laboralista dibujó con sus manos una seña extraña que resultaba ofensiva en culturas refinadas. No tuve tiempo de reflexionar sobre las discrepancias existentes entre el derecho al trabajo y la libertad, porque inmediatamente Pompeyita continuó con su exposición de motivos:

—Si no es profesor, ¿qué lo trae por aquí? —inquirió el guardián con el cuidado de quien coloca un cartón de huevos en la cúspide de un carrito de supermercado.
—Estoy buscando el carro del profesor Rodríguez. Un Mitsubishi Lancer plateado de placa M-19. ¿Sabe dónde lo puedo ubicar?
—Lo siento mucho, pero tú no puedes estar aquí mi pana —dijo el guardia, cambiando el tono y desplegando el abanico de la confianza.
—No me he explicado bien —respondí con técnica de mediador en resolución de conflictos. Necesito abrir el carro del profesor para buscar unos libros. Tenemos un taller, una actividad especial, exclusiva como un concierto de Elton John.
—Si el profesor Rodríguez quiere algo —interrumpió Pompeya— que venga él mismo a buscarlo. Que no ande mandando alumnos. Después los profesores se quejan de que aquí no hay seguridad. ¿Y quién es el responsable, ah? Uno, nosotros, nuestra compañía.

No hubo argumento posible para disuadir al gendarme de la trinchera docente. El candado incipiente que tenía por barba denotaba a su vez la estrechez mental de su pensamiento. No era de extrañar que los lentes que pavoneaba en la frente dieran fe de su ceguera.

Conciente de que había perdido veinte minutos en una discusión estéril, con el rostro apesadumbrado y las manos vacías retomé el camino hacia el salón. Hasta el llavero señorial —que jamás abrió Mitsubishi alguno— había guardado en mis bolsillos.

Pedro Pompeya giró unas instrucciones por radio. “El sospechoso, narizón y calvito, está cruzando el módulo. Cambio”. Una mueca de satisfacción se adueñó de su rostro. Se encontraba pletórico, rebosante, con la sensación del deber cumplido. Se dirigió de nuevo a la torre de vigilancia mientras silbaba. Con enorme esfuerzo subió la escalerita de metal que rechinaba con cada uno de sus pasos.

Aun resoplaba cuando se sentó en el sillón de terminal. Cuando todo se calmó, tanto su respiración como el atentado a la seguridad vehicular, un nuevo hecho adquirió la dimensión del tipo delictivo. Busco y rebuscó pero no la encontró: el ejemplar de Pastoral al día ya no estaba encima del escritorio. Tragedia, desgracia, conmiseración. Justo ahora, cuando llegaba a la sección de las pantaleticas calientes de Catalina. Este mes, además, tenía el especial de las Travesuras en el Nilo, en el que Venus Shanti revelaría sus más profundos secretos.

¿Quién o qué habría sustraído aquella publicación, de la cual Pompeya se mostraba tan devoto? ¿Dónde estaría aquel portafolio, gracias al cual los jesuitas se admiraban de tener entre sus protectores a un lector de revistas con sugestivos temas ecuménicos?

¿Se lo habría llevado el viento? ¿Acaso la gélida mañana de Montalbán habría vaporizado el manuscrito? ¿Un fisgón merodeador, tentado por las mieles de la superación espiritual, habría tenido la osadía de hurtar el inmaculado número que el guardián no veía?

Pompeya, Pompeyita, estaba desconsolado. Velar por la seguridad del campus, por el recto proceder de la institución, le había costado el sueño de sus fantasías vestales. “Nadie puede estar en dos lugares al mismo tiempo”, recordó. Ahora debía pagar el precio de su descuido: el regreso a la realidad. Montañas, carros, vigilia. Esperanzado, vislumbraba el próximo mes. En el siguiente ejemplar, la entrevista con Almendra Brown prometía mucho. No se la perdería por nada del mundo. Ni siquiera por el carro del profesor Rodríguez.