¿Está preparada Venezuela para ser libre? (I)
Por Andrés F. Guevara B.
Esta pregunta constituye el mayor quebradero de cabeza para todo aquel que desee un país distinto, lejano del delirio totalitario en el que hoy se sume nuestra nación.
Para dar respuesta a esta interrogante, sin embargo, se hace necesario entender qué significa esa palabra: libertad.
Desde la época de Bolívar hasta el presente la dirigencia política venezolana se ha proclamado campeona de la libertad. En nombre de la libertad se independizó una patria, se bloquearon fronteras ante acorazados extranjeros, se consagraron revoluciones de esplendoroso porvenir. En nombre de la libertad se derramó la sangre de miles de compatriotas, se sacrificaron innumerables almas, se guardaron en un armario de olvidos los talentos más conspicuos en espera de un mañana que jamás llegó a nacer.
Venezuela no es libre.
Libertad significa la posibilidad de autogobierno del hombre. Un Estado al servicio del ciudadano y no el ciudadano al servicio del Estado. Un gobierno limitado por los candados de instituciones sólidas que no permitan el menoscabo de la dignidad humana y los derechos fundamentales.
Se trata de una cuestión inherente a la naturaleza del hombre. Ningún ser humano merece las sobras y los mendrugos, máximo en un país que tiene en su mesa la abundancia para servir un banquete constituido por un recurso inagotable: el talento de su gente.
Existe, no obstante, una concepción errada de lo que significa libertad. A menudo se la asocia con el individualismo lacerante, ajeno a la sociedad y a la pobreza. Sus detractores comentan que la libertad debe limitarse en nombre del bienestar colectivo. De lo contrario, el egoísmo intrínseco de cada persona obrará en su propio beneficio y el débil, el desvalido, David de barrio contra Goliat del Country, sucumbirá inexorablemente.
Gracias a esta carrera redentora se restringe la libertad. Se gesta el Estado interventor y, peor aún, planificador. La gente se acostumbra a recibir, no a producir. Se desvaloriza la noción del trabajo porque todo viene de un maná celeste a cuenta “de que soy pobre y no tuve oportunidad”.
“Hay que redistribuir la riqueza”, argumenta de forma falaz la dirigencia política nacional. Un lavado de conciencia que perturba a cualquiera. Fariseos. ¿Qué clase de redistribución justa de la renta petrolera es un vasito de leche? “Es lo único que come ese muchacho en toda la semana”, es la respuesta más común que se obtiene como justificativo a esta política humillante.
¿Es justo que un niño tome un vaso de leche a la semana, mientras que otro vomita en las noches por el atracón de snikers que le trajo su hermana cuando regresó el fin de semana de Aruba? No, por supuesto que no. Pero la igualdad no se obtiene restringiendo, controlando, perjudicando al otro en nombre de la justicia social.
¿Qué es la justicia social? Nadie lo sabe con certeza. Se asemeja al misterio de qué viene después de la muerte. Pero en nombre de ella se comenten los mayores desmanes. A toda costa hay que igualar al hombre. ¿Cómo? Subyugando la libertad en nombre de que cada niño desasistido pueda tener su vasito de leche. Humillando a los venezolanos pobres a hacer colas de horas infinitas para obtener un pollo en el mercado del ministerio o en la campaña de algún candidato.
Porque ni siquiera el Estado tiene la decencia de procurar que sus “políticas sociales” se desarrollen con dignidad: un plato de comida completo, un automercado con aire acondicionado y anaqueles equipados, un hospital que tenga –al menos– sus puertas abiertas para atender a los moribundos.
Por ese irrespeto diario, patín tapa amarilla, se restringe nuestra libertad.
Dijo Abraham Lincoln: “Todos los hombres nacen iguales, pero es la última vez que lo son”. A este planteamiento agregamos algo más. Existe la posibilidad de lograr una paridad cierta, verdadera, mesurable: la igualdad del hombre ante la ley. Nada más y nada menos que el epicentro del Estado de Derecho. Luz de esperanza en esta tierra de tinieblas.
El Estado de Derecho como eje rector de la libertad entrará en tensión con el Estado Democrático y con el Estado Social. Surge una nueva interrogante:
¿Puede la libertad llevar al “bien común”? Valga decir, la aspiración que tiene todo país de que sus pobladores tengan una vida digna, en la que puedan desarrollar su condición humana con el mayor grado de crecimiento posible, sin menoscabo de su origen, clase social o limitaciones de cualquier índole.
El “bien común” adolece de la misma cojera que la “justicia social”. No puede ser definido de forma clara, aún y cuando trae consigo un sentimiento y una aspiración del todo loable. Sin embargo, la libertad sí puede ayudar a superar la pobreza, darle dignidad y respeto al desfavorecido y fomentar la estructura de un Estado limitado en el que el individuo tenga el control de las instituciones, con el objeto de lograr el mayor grado de bienestar y prosperidad para todos sus ciudadanos.
Este planteamiento será desarrollado en la próxima entrega.
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