Responsabilidad cubrida
Por Andrés F. Guevara B.
No se asuste, amigo lector, por la anomalía gramatical del título. Que este cronista no ha perdido la hidalguía de su pluma, aún y cuando sus escritos son rechazados en los diarios de mayor circulación y prestigio del país. Pero cuando uno es un don nadie, como en mi caso, el espacio de divulgación se torna inexistente. ¿Cómo, por Dios, pretender quitarle el sitial a algún columnista de El Universal? ¡Qué osadía la mía! Y en el vacío que obtengo por respuesta (¿indiferencia?, ¿mala educación?, ¿histeria del editor de opinión por la miseria que gana como “periodista”?) me veo en la responsabilidad de dictar cátedra desde el olvido. Para mis lectores fieles, para la treintena de individuos que se toman la molestia de leer lo que escribo en esta especie de banda garage que es hoy mi escritura.
A todos, gracias.
Entremos en materia.
El motivo de este escrito no es otro que relatar una anécdota curiosa que sucedió en las últimas horas del día viernes 23 de enero de 2009.
El televisor estaba encendido. Solitario e indolente, como perro faldero, acompañaba mi viernes de soledad. Estaba sintonizando Buenas Noches, espectáculo circense con el que Globovisión tiene la pretensión de amenizar las noches de la audiencia venezolana frente a los atentados a la dignidad humana que diariamente se perpetran desde las televisoras del –una vez más– Estado.
Era del todo predecible que fuesen los representantes del movimiento estudiantil quienes estuvieran presentes en el programa. Después de una marcha mutilada en ruta y espíritu, era necesario que los jóvenes diesen sus impresiones al respecto. Muchos fueron los temas tratados: la represión, el cinismo del gobierno, la imposibilidad de llegar a la sede principal del Consejo Nacional Electoral, el apoyo de la sociedad civil a una causa de la que no puede ni debe permanecer ajena.
Entre todos los amigos del movimiento, sin embargo, había una figura que sobresalió en la entrevista. Un estudiante, que por razones de respeto (y para evitar que este escrito se torne en una crítica abierta a la imagen de una persona a la cual aprecio) llamaremos “Joaquín”.
Joaquín, macilento por la faena vivida en horas previas, daba muestras de agotamiento. Huesudo, sus compañeros atribuían el semblante famélico a la sobrecarga de trabajo que había tenido en los últimos días con las protestas de la enmienda. La franelilla roja le bailaba de un hombro a otro, desplazándose al compás de la cámara que una y otra vez lo enfocaba como protagonista de la historia.
Carla Angola dio el primer paso en la pista. Alabó a Joaquín por sus conocimientos jurídicos. “Dictó cátedra”, llegó a decir. Como si instruir a los funcionarios del gobierno en derecho fuera algo difícil. Orondo por la lisonja, nuestro amigo sentenció en vivo y directo varias frases en latín, como si ya los abogados no tuvieran fama de leguleyos imbéciles.
El resto de los invitados se reía de la sabiduría demostrada. Probablemente ninguno de ellos entendió qué quiso decir Joaquín –precisamente esa era la idea– pero era jocoso, cuando menos, reírse de la propia miseria. Al demonio con los requisitos para solicitar un amparo constitucional, nuestro hombre habló en latín. Arrodíllense.
El segundo acto comienza con Roland Carreño, escriba de la sociedad y el estatus. ¡Pobre Roland! Vivir esta hora oscura para la alta alcurnia caraqueña constituida por los escombros de algunas familias gomecistas, cuartorrepublicanas, pero sobre todo por boliburgueses. Pero existen excepciones y Roland cedió a la tentación. Comentó que Joaquín era descendiente directo de un héroe de la independencia venezolana. Le pidió permiso al invitado y su nombre fue revelado. (Nos reservamos la identidad nuevamente por respeto).
Teníamos ante nuestros ojos la imagen de un erudito descendiente de un patricio margariteño. ¿Criticable? No. ¿Un tanto banal el contenido del programa para la situación menguada que enfrenta la patria? Por supuesto, pero no debemos olvidar que los medios funcionan como una panadería: oferta y demanda. La audiencia pide a gritos la historia de un joven aristocrático que deja todo para rescatar a Venezuela de la guarida del tirano antidemocrático.
Pero vino el tercer acto, y a Joaquín le preguntaron qué le diría al presidente. El muchacho no titubeó: “Que se dedique a gobernar”. Unas palabras más. Y finalmente el estruendo: “Porque existen varios problemas cuya responsabilidad debe ser “cubrida” por el gobierno”. ¡Horror! El hombre de mil luces y genoma criollo blasfemando la lengua cervantina.
¿Nervios ante la persecución de la lente? ¿Lapsus menti como consecuencia de congelamiento neuronal producido por el aire acondicionado del estudio de televisión? Je ne crois pas. En los últimos días Joaquín declara a los medios la misma cantidad de veces que un marxista empedernido exalta la fuerza oculta del proletariado.
Lo triste fue el mutismo de los panelistas, porque nadie corrigió a Joaquín. ¿No se habría dado cuenta Roland de aquella falta de respeto al lenguaje? Un hombre cuidado en las formas y modales, en el rictus de la etiqueta y el buen proceder, ¿no habría recordado inmediatamente que fue esa palabra, ese neologismo, ese “cubrida”, el que terminó de consagrar en los anaqueles del oprobio a Blanca Ibáñez, compañera sentimental de un tal Jaime Lusinchi?
El problema no es Joaquín. Todos podemos equivocarnos. Aunque en este caso la soberbia del personaje hace pensar que el desliz se debe al peor de todos los males: la ignorancia. El meollo se halla en la complicidad del periodista. En el juego de los medios de presentar como salvadores a hombres falibles que necesitan orientación, no el destello del flash, que alimenta egos pero destruye posibilidades.
Joaquín deberá aprender a hablar español. Con un poco de esfuerzo y dedicación probablemente pueda dominar las conjugaciones verbales elementales y lo más seguro es que siga siendo un hombre de provecho para la patria lesa. En cambio, nuestra sociedad mucho tiene que reflexionar. Como dijo Romero García, Venezuela “es el país de las nulidades engreídas y las reputaciones consagradas”.
Mientras tanto, sigo escribiendo desde mi garage.
A todos, gracias.
Entremos en materia.
El motivo de este escrito no es otro que relatar una anécdota curiosa que sucedió en las últimas horas del día viernes 23 de enero de 2009.
El televisor estaba encendido. Solitario e indolente, como perro faldero, acompañaba mi viernes de soledad. Estaba sintonizando Buenas Noches, espectáculo circense con el que Globovisión tiene la pretensión de amenizar las noches de la audiencia venezolana frente a los atentados a la dignidad humana que diariamente se perpetran desde las televisoras del –una vez más– Estado.
Era del todo predecible que fuesen los representantes del movimiento estudiantil quienes estuvieran presentes en el programa. Después de una marcha mutilada en ruta y espíritu, era necesario que los jóvenes diesen sus impresiones al respecto. Muchos fueron los temas tratados: la represión, el cinismo del gobierno, la imposibilidad de llegar a la sede principal del Consejo Nacional Electoral, el apoyo de la sociedad civil a una causa de la que no puede ni debe permanecer ajena.
Entre todos los amigos del movimiento, sin embargo, había una figura que sobresalió en la entrevista. Un estudiante, que por razones de respeto (y para evitar que este escrito se torne en una crítica abierta a la imagen de una persona a la cual aprecio) llamaremos “Joaquín”.
Joaquín, macilento por la faena vivida en horas previas, daba muestras de agotamiento. Huesudo, sus compañeros atribuían el semblante famélico a la sobrecarga de trabajo que había tenido en los últimos días con las protestas de la enmienda. La franelilla roja le bailaba de un hombro a otro, desplazándose al compás de la cámara que una y otra vez lo enfocaba como protagonista de la historia.
Carla Angola dio el primer paso en la pista. Alabó a Joaquín por sus conocimientos jurídicos. “Dictó cátedra”, llegó a decir. Como si instruir a los funcionarios del gobierno en derecho fuera algo difícil. Orondo por la lisonja, nuestro amigo sentenció en vivo y directo varias frases en latín, como si ya los abogados no tuvieran fama de leguleyos imbéciles.
El resto de los invitados se reía de la sabiduría demostrada. Probablemente ninguno de ellos entendió qué quiso decir Joaquín –precisamente esa era la idea– pero era jocoso, cuando menos, reírse de la propia miseria. Al demonio con los requisitos para solicitar un amparo constitucional, nuestro hombre habló en latín. Arrodíllense.
El segundo acto comienza con Roland Carreño, escriba de la sociedad y el estatus. ¡Pobre Roland! Vivir esta hora oscura para la alta alcurnia caraqueña constituida por los escombros de algunas familias gomecistas, cuartorrepublicanas, pero sobre todo por boliburgueses. Pero existen excepciones y Roland cedió a la tentación. Comentó que Joaquín era descendiente directo de un héroe de la independencia venezolana. Le pidió permiso al invitado y su nombre fue revelado. (Nos reservamos la identidad nuevamente por respeto).
Teníamos ante nuestros ojos la imagen de un erudito descendiente de un patricio margariteño. ¿Criticable? No. ¿Un tanto banal el contenido del programa para la situación menguada que enfrenta la patria? Por supuesto, pero no debemos olvidar que los medios funcionan como una panadería: oferta y demanda. La audiencia pide a gritos la historia de un joven aristocrático que deja todo para rescatar a Venezuela de la guarida del tirano antidemocrático.
Pero vino el tercer acto, y a Joaquín le preguntaron qué le diría al presidente. El muchacho no titubeó: “Que se dedique a gobernar”. Unas palabras más. Y finalmente el estruendo: “Porque existen varios problemas cuya responsabilidad debe ser “cubrida” por el gobierno”. ¡Horror! El hombre de mil luces y genoma criollo blasfemando la lengua cervantina.
¿Nervios ante la persecución de la lente? ¿Lapsus menti como consecuencia de congelamiento neuronal producido por el aire acondicionado del estudio de televisión? Je ne crois pas. En los últimos días Joaquín declara a los medios la misma cantidad de veces que un marxista empedernido exalta la fuerza oculta del proletariado.
Lo triste fue el mutismo de los panelistas, porque nadie corrigió a Joaquín. ¿No se habría dado cuenta Roland de aquella falta de respeto al lenguaje? Un hombre cuidado en las formas y modales, en el rictus de la etiqueta y el buen proceder, ¿no habría recordado inmediatamente que fue esa palabra, ese neologismo, ese “cubrida”, el que terminó de consagrar en los anaqueles del oprobio a Blanca Ibáñez, compañera sentimental de un tal Jaime Lusinchi?
El problema no es Joaquín. Todos podemos equivocarnos. Aunque en este caso la soberbia del personaje hace pensar que el desliz se debe al peor de todos los males: la ignorancia. El meollo se halla en la complicidad del periodista. En el juego de los medios de presentar como salvadores a hombres falibles que necesitan orientación, no el destello del flash, que alimenta egos pero destruye posibilidades.
Joaquín deberá aprender a hablar español. Con un poco de esfuerzo y dedicación probablemente pueda dominar las conjugaciones verbales elementales y lo más seguro es que siga siendo un hombre de provecho para la patria lesa. En cambio, nuestra sociedad mucho tiene que reflexionar. Como dijo Romero García, Venezuela “es el país de las nulidades engreídas y las reputaciones consagradas”.
Mientras tanto, sigo escribiendo desde mi garage.
3 comments:
El problema aquí es que las "treinta personas" que leemos tu blog sabemos perfectamente de quién estás hablando... En todo caso muy divertidamente escrito.
Es un riesgo que tengo que soportar. Mi intención no es hablar mal de una persona cercana, sino utilizar un momento lúcido de su vida como reflexión aleccionadora. Para él, para nosotros, para todos. Sin caretas ni cumplidos cómplices.
El problema general es la poca cultura que tiene el venezolano promedio. Como resultado de ello, se puede ver claramente en el día a día una oposición mediocre y un gobierno mediocre. Aquí van sólo 2 muestras:
http://www.youtube.com/watch?v=zagcKHmFoW4&feature=player_embedded
http://www.youtube.com/watch?v=T0EUm8pqNuk&feature=player_embedded
Como dice el adagio criollo, por eso estamos como estamos.
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