Sunday, December 21, 2008

Bolivarianismo perdido

Bolivarianismo perdido


Por Andrés F. Guevara B.


Una de las mayores paradojas que tiene el legado de Bolívar deviene precisamente de su sentido de grandeza. Cual goma de mascar, prolongable hasta el infinito, sus palabras, pensamientos, obras e ideas han sido tomadas por todos los actores políticos criollos para justificar sus aciertos y desmanes. Bolívar guía nuestro destino. Es el farol que marca el puerto al cual debe desembarcar todo un colectivo que hoy conforma nuestro país.

¿Existe algún complejo de culpa? Esta es la primera pregunta a la cual debemos dar respuesta. ¿El venezolano común siente que ha mancillado la memoria del prócer? Valga decir, ¿sus acciones no se encuentran a una altura digna del pedestal donde se halla el padre de la patria?

Con franqueza, la respuesta a esta interrogante escapa de mis conocimientos. Pero si se analiza la historia venezolana desde la muerte del Libertador pareciera que esa es la tendencia: emplear el silicio del lamento y el garrote de la minusvalía para sentirnos inferiores frente a un ser cuyas andanzas han sido tergiversadas por múltiples intereses en distintos períodos de la historia.

Desde Páez hasta el presente la figura de Bolívar ha sido objeto de diversas manipulaciones. El Centauro la empleó como instrumento señero de piedad, al buscar la repatriación del cadáver de la leyenda en el exilio. Era el gesto de un guerrero que se apiada de los restos del enemigo que yace en el destierro. Guzmán Blanco, experto en el arte del savoir affaire, a la conmemoración del centenario del natalicio del Libertador le otorgó la majestuosidad digna de canto griego. López Contreras, y sus agrupaciones bolivarianas. La lista de ejemplos continúa…

Tristemente, la enmienda constitucional que se avecina no está exenta de estas manifestaciones del pensamiento bolivariano. El observador acucioso reparará en un aspecto interesante: los dos bandos del espectro político transformaron la contienda de la reelección presidencial en una polémica que gira en torno a Bolívar. “La reelección está bien dijo Bolívar”, señalan los oficialistas. “Nada es tan peligroso como dejar permanecer largo tiempo a un mismo ciudadano en el poder”, indican los detractores de la propuesta.

¿Quién tiene la razón? Es una discusión bizantina la que está planteada y para efectos de este análisis poco importa quién resulte vencedor. Lo realmente preocupante es que hoy, a más de doscientos años del nacimiento de Bolívar, nuestra nación no ha superado la dependencia de su figura para resolver los asuntos fundamentales que aquejan al país.

Bolívar, como toda gran figura de la historia está llena de contradicciones. Y en esas contradicciones las personas interesadas siempre conseguirán huecos de los cuales asirse para justificar sus posiciones. Por ejemplo: Bolívar tuvo una formación liberal, de tradición republicana y de gran admiración por el sistema de gobierno británico. Sin embargo, el propio Bolívar, desde un punto de vista etnocentrista si se quiere, no creía a Venezuela capacitada para tener un gobierno federal. En su lugar era partidario de un centralismo utópico hasta que el pueblo, maduro, adoptara las instituciones de un sistema liberal. El episodio de la dictadura en Perú en 1824 es otra muestra de contradicción. ¿Un republicano dictador? Por favor…

Y así pudiésemos continuar, hurgando en la vida el prócer para ver las inconsistencias. Pero no. No tiene sentido, porque los jueces del presente juzgan con la vara fría de la historia manifestaciones de un pasado que al calor de las brazas debió lucir otro cariz.

Precisamente por esa razón es que tanto la oposición como el oficialismo deben dejar a un lado el pensamiento de Bolívar para defender sus posturas. Mejor dicho, no deben emplearlo como fundamento de sus posiciones. Nadie negará a Bolívar en la historia, pero su memoria debe servir como fuente de inspiración, no de oráculo que otorga respuesta a todos los problemas del país.

La Bolívar-dependencia pone de manifiesto los visos militaristas, mesiánicos y de caudillismo que aún hoy asolan nuestra tierra. Ningún hombre tiene el poder de los dioses para saber qué es lo que le conviene siempre, en toda circunstancia, en todo momento, al devenir de un pueblo. Máximo cuando esa divinidad está muerta. Esta es una de las grandes tragedias de nuestra nación.

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